Economía: Clave del Éxito Político
Economía: Clave del Éxito Político
Cristian Larroulet
Economía: Clave del Éxito Político
Cristian Larroulet
23 de agosto de 2006
http://www.eldiarioexterior.com/noticia.asp?idarticulo=10904
En una columna del mes pasado planteé lo peligroso de las señales de falta de autoridad entregadas por el nuevo Gobierno. No es raro que ello se tradujera en caídas en el apoyo a la Presidenta de la República desde un 62% en abril a un 44% en Junio. Los cuestionamientos a la gobernabilidad también impactan a la economía y esto se refleja en un conjunto de indicadores de confianza de empresarios y consumidores que han caído en los últimos dos meses.
Al parecer se está produciendo un círculo vicioso que tiene impactos políticos y económicos. "Estúpido, es la economía" insistía James Carville asesor principal de Bill Clinton en la campaña que lo llevó a salir elegido Presidente de Estados Unidos.
En efecto, el crecimiento económico es uno de los factores principales en el éxito político. Para quienes no lo creen basta que se lo pregunten al Presidente Alejandro Toledo. La economía creció en sólo 3,1% en sus primeros años y su popularidad llegó al suelo.
Hacia el final del período recuperó el respaldo gracias a un crecimiento de 6,4% el año pasado. Otro que puede ratificar lo mismo es el ex Presidente Lagos cuyo nivel de aprobación bordeó el 42% cuando la economía crecía a tasas en torno al 3% y saltó a niveles de 60% cuando la economía crecía sobre el 6% anual.
La realidad descrita es la que debería llevar a la Presidenta de la República a priorizar el crecimiento económico en su estrategia política. Sin embargo, para ello no debe escuchar el mensaje del ex Ministro Nicolás Eyzaguirre que propone subir impuestos.
No obstante su amistad, ambos están en proyectos distintos. La Presidenta en hacer un buen gobierno y ello pasa por recuperar el apoyo ciudadano. El ex Ministro de Hacienda está en su carrera política. Las alzas de impuestos y la incertidumbre tributaria han sido un factor significativo en la disminución del crecimiento potencial del país.
Esto no es ideología. Así lo avalan los estudios internacionales que indican que "el consumo del gobierno tiene un efecto negativo en el crecimiento de largo plazo". En otras palabras, imitando a Carville, los asesores de la Moneda debían decir "hay que rebajar los impuestos".
El Ministro Andrés Velasco lo sabe y por ello sus anuncios de esta semana van en la dirección correcta: bajar el impuesto de timbres y dar un crédito tributario a las empresas que hacen investigación y desarrollo. Pero esas propuestas son insuficientes, sobretodo si paralelamente se propone subir los impuestos cuando las pequeñas empresas invierten y dan empleo como ocurre con la derogación al artículo 14 bis.
Un paquete de rebajas tributarias aplicado en forma gradual, financiado con ingresos permanentes y que incluya eliminar impuestos a las ganancias de capital para favorecer el emprendimiento; que las Pymes no paguen el impuesto de primera categoría para acelerar el empleo y profundizar en todas las empresas el concepto de impuesto al gasto para dinamizar la inversión darían confianza al enorme potencial emprendedor con directas consecuencias positivas para el crecimiento económico y el respaldo político de la autoridad


Garaudy, después de haber cumplido su papel en el Partido Comunista Francés creando ese Frankenstein, pasó un rato en las filas del cristianismo "social" (con perdón de León XIII) y después se mudó con armas y bagajes al islam. La Fundación Roger Garaudy tiene su sede en Córdoba, no sin subvenciones oficiales, por aquello de la multiculturalidad y el pasado andalusí, del que el hombre es principal promotor, en línea con Ben Laden. Porque Garaudy, ahora Ragaa, no se mudó a cualquier islam, sino al más radical: el del gran mufti de Jerusalem, Husseini, aquel antepasado de Arafat que contaba a Hitler entre sus grandes amigos y protectores, y que pasó en Alemania buena parte de la guerra. De modo que el antiguo comunista Ragaa se hizo negacionista, como Faurisson, pero sobre todo como Ahmadineyad, y como era un intelectual, escribió un libro titulado Los mitos fundacionales del Estado de Israel, por el que la justicia francesa lo condenó por difamación racial y negación de la Shoa. Tal vez lo más repugnante de cuanto se ha perpetrado sobre el tema desde Los protocolos de los sabios de Sión, incluidos Faurisson y Chomsky.
Fidel Castro, el líder indiscutido y carismático de la revolución cubana, había descubierto su adicción al poder según pisó La Habana en la primera semana de 1959. Esa adicción conlleva fundar una dictadura y mantenerse en la poltrona contra viento y marea. El comunismo era una coartada perfecta, y más en los años sesenta y estando Cuba donde está. Sólo era preciso designar un enemigo a muerte y, como Cuba era pequeña e insignificante, un aliado que le mantuviese en el poder. El enemigo iba a ser Estados Unidos, luego, por lógica, el amigo habría de ser la URSS, sí, la misma de Stalin, los gulags y las hambrunas, la patria del socialismo real, el paraíso en la tierra.
La gravedad del asunto era tal que la Fuerza Aérea lo elevó hasta el presidente Kennedy. Se ordenó incrementar los vuelos de reconocimiento y hacer un seguimiento exhaustivo de las actividades. La Casa Blanca, por su parte, llamó al embajador soviético para que diese explicaciones sobre lo que estaba pasando en Cuba. Kennedy no le mostró lo que ya sabía, que era secreto de Estado, y recibió a cambio un sofisticado y soviético embuste: en Cuba no pasaba nada y, si algo habían visto, los rusos no tenían que ver en ello. Todo un clásico de la diplomacia en la guerra fría; la URSS nunca olvidó que la mentira es un arma revolucionaria.
El 22 de octubre John Fitzerald Kennedy, en toda su apostura y donaire, se dirigió al mundo por televisión. Hizo un pequeño resumen a la audiencia del problema cubano y anunció sus intenciones. Desde el 24 de octubre la Armada de los Estados Unidos bloquearía la isla de Cuba con el fin de impedir que los cargueros soviéticos suministrasen el material que faltaba. La cuarentena estaría en vigor hasta que las instalaciones soviéticas fuesen desmanteladas. Los dos días que siguieron al anuncio fueron los del infarto. La guerra nuclear estaba a la vuelta de la esquina y el mundo al borde del abismo.
En Cuba, Castro se quedó con un palmo de narices monumental. Él, que se había soñado gran líder mundial, que había ocasionado este desbarajuste, era ignorado por los que de verdad tenían poder. Kruschev mantuvo a Castro al margen de las negociaciones y quizá esto fuese lo único que hizo con tino en aquella ocasión. Si el dictador cubano hubiera intervenido directamente en el conflicto es probable que la tercera guerra mundial hubiese dado comienzo aquel mes de octubre.