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FRANCO ANTE HITLER (por Pío Moa)

FRANCO ANTE HITLER (por Pío Moa)

La carta de Hitler destruye  además la retorcida pretensión de que en la conferencia de Hendaya, dos meses y medio antes,  Hitler no  había mostrado mayor interés ni presionado a Franco para que entrase en la guerra.  El propio Führer lo aclara sin lugar a dudas: “Cuando nos reunimos, mi prioridad era convencerle a Vd., Caudillo, de la necesidad de una acción conjunta de aquellos Estados cuyos intereses, al fin y al cabo, están indisolublemente asociados”. Una prioridad.

Pero Franco pensaba de otro modo.  Hizo llegar a Berlín un memorando con desorbitadas peticiones de material de guerra, cereales y  vehículos,  y sólo contestó a Hitler veinte días más tarde, aplazando todavía otros diez días la entrega de la carta. La cual,  con extraña insolencia ante quien tanto le había insistido en la importancia del factor tiempo,  empezaba así: “Su carta del 6 de febrero me induce a contestarle de inmediato”. El resto, pese a las protestas de lealtad y fe en la victoria germana, no podía causar mayor decepción a Hitler.

El dictador alemán se había molestado en demoler la argumentación dilatoria de Franco: “Alemania ya se declaró dispuesta a suministrar también alimentos –cereales—en las máximas cantidades posibles tan pronto España se comprometiera a entrar en la guerra (…) Porque, Caudillo, sobre una cosa debe  haber absoluta claridad:  estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte y en estos momentos no podemos hacer regalos ¡Por ello sería una falsedad afirmar que España no pudo entrar en la guerra porque no recibió prestaciones anticipadas!”  [subrayado en el original].  Ofrecía de inmediato cien mil toneladas de cereales y señalaba  la poca solidez de las excusas de Franco. Éste había insistido en la necesidad de alimentos, pero, recuerda Hitler, “Cuando yo volví a hacer constar que Alemania estaba presta a comenzar el envío de cereales, el almirante Canaris recibió  la respuesta definitiva de que tal suministro no era lo decisivo, pues no podía alcanzar un efecto práctico su transporte por ferrocarril. Luego,  tras  haber dispuesto nosotros baterías y aviones de bombardeo en picado para las islas Canarias, se nos dijo que tampoco esto era decisivo, ya que las islas no podrían sostenerse más de seis meses, por la escasez de provisiones”.Con lógica y cierta exasperación, Hitler había concluido: “Que no se trata  de asuntos económicos sino de otros intereses  queda patente en la última declaración, pretendiendo que también por causas meteorológicas no podría realizarse un despliegue [en España] en esta época del año (…) No puedo entender  cómo sería imposible por razones meteorológicas lo que antes se quiso considerar imposible  por razones económicas (…)  No creo que el ejército alemán  se vea dificultado en un despliegue de enero por el clima, que para nosotros no tiene nada de extraño”.

La argumentación hitleriana era bien clara,  pero Franco, en su respuesta, la pasaba simplemente por alto, reiterando  que la economía “es la única responsable de que hasta la fecha no se haya podido fijar el momento de la intervención  de España”. E interpretaba de forma casi ofensiva las frases de Hitler sobre la pérdida de tiempo y de ocasiones estratégicas: “El tiempo transcurrido hasta ahora no es tiempo totalmente perdido. Desde luego que no hemos recibido tanta cantidad de cereales como la que Vd. nos ofrece (…) pero sí una parte de las necesidades diarias del pueblo para el pan cotidiano”.  Exponía el deseo de que “las negociaciones se aceleren todo lo posible. Para este fin le he enviado hace unos días algunos datos sobre nuestras necesidades” (las exageradas peticiones recientes), y añadía, para mayor injuria: “Estos datos se pueden revisar de nuevo, ordenar, justificar y volver a tratar sobre ellos”, con el fin de “llegar a una decisión rápida” (¡!). Con auténtico descaro  explicaba su observación sobre la meteorología  como “solamente una respuesta a su indicación, pero en ningún caso un pretexto para aplazar indefinidamente lo que en el momento adecuado será nuestro deber”.  Mostraba su acuerdo con el cierre de Gibraltar,  pero exigía el simultáneo de Suez. Negaba que sus reivindicaciones coloniales fueran abusivas, “mucho menos cuando se tienen en cuenta los enormes sacrificios  del pueblo español en una guerra que fue precursora de la guerra actual”. En fin,  “El acta de Hendaya, permítame que se lo diga (…) debe considerarse hoy como obsoleta”.  El acta especificaba el compromiso español de entrar en guerra, aunque sin fecha definida.

Según la peculiar interpretación de Preston,  la carta de Franco “revela entusiasmo por la causa del Eje”.  Hitler, desde luego, la entendió de otro modo,  y no es de extrañar.  Aun más curiosa esta consideración del historiador inglés: “El 26 de febrero  Franco respondió por fin a la carta de Hitler de hacía tres semanas. Con la caída de Yugoslavia y Grecia  ante el general Rundstedt y con Rommel reforzando las fuerzas del Eje en el norte de África,  Franco estaba de humor para volver a la subasta, pero su precio se había elevado”.  La situación era la contraria. Las campañas de Rundstedt y Rommel no comenzarían hasta casi un mes y medio más tarde, y en aquel momento el Eje se hallaba ante el fracaso de la batalla de Inglaterra y  las tremendas derrotas italianas en África. Precisamente estos hechos impulsaban en mayor medida a Hitler a buscar la intervención de España.

La carta de Franco obliga a replantearse sus verdaderas motivaciones. Tenía, por fuerza que estar de acuerdo con Hitler  en que sus intereses caían del lado del Eje,  en que las democracias  “nunca le perdonarían su victoria” en la guerra civil, y en que la derrota alemana significaría el fin del franquismo. Sabía que Alemania solo podía abastecerle  parcialmente, pero  también que una Inglaterra acosada estaba en la misma situación, y además interesada en reducir a España a la penuria, como realmente hacía.

Y no solo contaban los intereses generales, sino también la máxima probabilidad, por entonces, de la victoria  germana. Hitler había fracasado, al menos de momento, en la invasión de Inglaterra, pero Churchill no podía pensar siquiera en invadir el continente para vencer a su enemigo. Solo podía tratar de ganar tiempo hasta que interviniera Usa, y antes de que ello ocurriera podía haber recibido tales golpes que se viera obligado a pedir la paz. Sin duda la contienda traería a España hambre masiva y la probable pérdida de las Canarias y otros daños, pero,  en la perspectiva de una victoria final del Eje, serían sacrificios pasajeros, que no podían preocupar a un dictador sediento de sangre e insensible a los sufrimientos de las masas, según suele presentársele (contra muchas evidencias).  Por otra parte, la promesa  churchilliana de  sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas,  valía también para España en una situación extrema. Por tanto, entrar en guerra permitiría a Franco participar en el Nuevo Orden europeo, mientras que abstenerse le llevaría a chocar con un Führer defraudado y hostil, que lo derrocaría sin mucho trabajo.

Parece poco creíble, pues, la imagen de un Caudillo empeñado en preservar la no beligerancia, como le han presentado algunos franquistas posteriormente. Todas las razones militaban para él, en principio,  a favor de la guerra. Y seguramente era sincero cuando la prometía al Führer.  Entonces, ¿por qué no cumplía? Probablemente era menos sincero cuando afirmaba que no pensaba dejar que alemanes e italianos corrieran con la sangre y los sacrificios para sacar tajada en el último momento. En realidad era eso, justamente, lo que quería, como él había indicado a Serrano Súñer: guerra corta, sí, sin vacilar; guerra larga, solo cuando estuviera prácticamente resuelta.  Y como la guerra se prolongaba,  había que esperar el momento oportuno.  De una guerra larga España podría salir vencedora al lado de Alemania, pero exhausta y destrozada, y por ello supeditada por completo al auténtico vencedor. Franco tenía constancia de las ambiciones nazis de satelizar España, y eso nunca lo aceptó, aunque se viera obligado a hacer concesiones ocasionales. Él quería llegar al Nuevo Orden con la mayor fortaleza posible, y sus exigencias coloniales en África formaban parte de ese designio.

Por supuesto, Franco no podía ignorar los muy graves contratiempos que ocasionaba a sus amigos, y no cabe pensar que  deseara sabotearlos. Pero obraba en la confianza de que no les causaba perjuicios irreversibles. Por otra parte le interesaba la victoria hitleriana… pero no tan apabullante que redujera al resto del continente a la impotencia. Así, pese a desear hacerse con varias colonias francesas,  le convenía una Francia potente,  como contrapeso a la hegemonía alemana.  Y una Italia fuerte, a pesar de que sus planes sobre el Magreb entrasen en conflicto con los españoles.  Algo parecido cabe decir de Inglaterra,  con la cual procuraba mantener relaciones aceptables, a pesar de todo. De ahí que su política se nos presente como una serie de medidas  contradictorias. Hacía ofertas y promesas a Berlín, y al mismo tiempo buscaba acuerdos y créditos en Londres y Washington; proclamaba su amistad con Mussolini, pero tomaba medidas en Tánger y Marruecos  contra los intereses italianos; exigía  parte del imperio francés, pero procuraba mantener buenas relaciones con la Francia de Vichy; afirmaba que su acercamiento a Portugal  perseguía alejar a éste de la órbita inglesa, cuando cualquiera podía entender lo contrario…

En realidad, la situación no podía ser más compleja, y creo que solo teniendo en cuenta los embrollados y contradictorios intereses en juego se pueden  entender las aparentes contradicciones de la política franquista. El eje de ella consistía en entrar en la guerra solo en el momento oportuno y con los menores sacrificios para España; mientras tanto, procuraba ganar tiempo y no perder bazas, lo cual implicaba asumir serios riesgos, como el de una invasión de la Wehrmacht o un asfixiante bloqueo británico. Al final, el momento oportuno nunca llegaría, y este cálculo oportunista demostró ser, finalmente, el más prudente y beneficioso para todos. Menos, paradójicamente, para sus amigos del Eje.  

Pio Moa

 

HITLER ANTE FRANCO. (por Pío Moa)

HITLER ANTE FRANCO. (por Pío Moa)


Hace años un conocido mío me enseñó un artículo escrito por él,  rebosante de indignación  por los tratos secretos de Franco con Hitler y Mussolini, que a su juicio habían ligado a España a la suerte del Eje.
--Claro -- le repliqué --, y por eso España entró en la guerra mundial, fue arrasada por los bombardeos de los alemanes y los Aliados,  y finalmente el régimen de Franco sucumbió junto con los de Hitler y Mussolini. Todo el mundo lo sabe.
 -- ¡Pero hombre! ¡Si hoy está clarísimo que  si Franco no entró en guerra no fue porque él no quisiese, sino porque no le convino a Hitler…!

El articulista tenía  ideas muy claras. Había leído a Preston y  a Antonio Marquina, y despreciaba sin ambages a Ricardo de la Cierva, cuya lectura le parecía innecesaria. Y como Reig da la vara con el tema, lo trataré con alguna amplitud.

Sin  duda alguna, mantener a España fuera de la guerra fue un mérito histórico trascendental,  un inmenso beneficio para España y aun mayor, probablemente, para las potencias anglosajonas. Ahorró a nuestro país torrentes de sangre, lágrimas y devastación, ante lo cual el hambre de aquellos años,  sobre todo la del invierno del 40-41, resulta un coste menor; y libró a los Aliados de un desastre que podría haberles llevado a la derrota.  Obviamente, el máximo responsable de la política española en aquellos años lo es también de tales hechos, tanto más valorables  por cuanto la izquierda perseguía el objetivo opuesto: meter a España en la contienda mundial, después de haber intentado prolongar la civil con el mismo fin, sin reparar en las destrucciones y nuevos cientos de miles de muertos que habría acarreado.

Pero el odio lisenkiano a Franco es tal que prefiere  conceder el crédito de tal ventura al mismísimo  Hitler, una monstruosidad muy en línea con su imagen de un Frente Popular democrático. Con Franco se rompe una norma elemental: la responsabilidad mayor de una victoria o de una derrota, de un éxito o de un fracaso, recae en quien ostenta la dirección, aun si es un subordinado el ejecutor más inspirado o el autor del plan, o si intervienen sucesos imprevistos. Franco venció, hasta su muerte,  a sus muchos y peligrosos enemigos militares y políticos, y no obstante miles de intelectuales, a izquierda y  derecha, lo pintan como un sujeto mediocre, gris e inepto ¡Sus  éxitos se deberían,  siempre,   a cualquier persona o circunstancia menos a él…!

La interminable polémica en torno a la política de Franco hacia Hitler  viene distorsionada de raíz por dos enfoques falsos: el de los lisenkos y asimilados, y el  de algunos franquistas empeñados en presentar al dictador español desafiando y burlando al nazi. Como  nos ilustra Marquina,  la idea de que Franco resistió a Hitler y los alemanes fueron engañados por los gobernantes españoles es ridícula. Desde luego. Pero mucho más ridícula la tesis de que  fue Hitler y no Franco el “culpable” de la paz de España. Según ella, Hitler habría tenido un interés muy relativo, o ninguno, por la beligerancia española, y era Franco quien insistía en ella. En algún momento, Hitler la habría aceptado, pero el precio exigido por el Caudillo le había parecido excesivo, por lo que lo habría rechazado sin problemas, máxime cuando su atención se dirigió pronto a la invasión de Rusia. De este modo, involuntario pero efectivo,  habría salvado a nuestro país de las ansias belicistas de Franco y de la correspondiente masacre.

A mi juicio ningún documento clarifica mejor el conjunto de las relaciones y actitudes hispano-germanas que la larga misiva escrita por Hitler a Franco el 6 de febrero de 1941. El documento merece la máxima atención analítica de cualquier historiador serio. Hitler exponía la enorme trascendencia de la conquista de Gibraltar, bastante bien comprendida por él, al contrario que por muchos comentaristas: “Habría dado un vuelco inmediato a la situación en el Mediterráneo”;  “Habría ayudado a definir la historia del mundo”.  Y no exageraba mucho.  La  toma de Gibraltar habría inutilizado prácticamente la base británica de Malta, impedido la entrada o salida de barcos ingleses  en el Mediterráneo occidental y respaldado con la máxima eficacia la prevista ofensiva de Rommel en Libia.  Y tenía una dimensión global mucho mayor,  pues abría paso a  la ocupación de la costa occidental norteafricana, impidiendo un posible desembarco inglés o anglouseño (que ocurriría). Además, en la concepción del almirante Raeder,  habría permitido al ejército alemán conquistar el norte de África hasta el petróleo de Oriente Medio, creando una tenaza desde el sur  sobre la Unión Soviética, cuya  invasión estaba prevista para unos meses después. Esta tarea se hallaba muy al alcance del ejército alemán, incluso de una fracción de él,  pues, como pronto se demostraría, el ejército inglés no era todavía enemigo para la Wehrmacht.

La importancia otorgada por el Führer a Gibraltar explica su frustración  y amargura ante las dilaciones de Madrid: “Si el 10 de enero hubiésemos podido cruzar la frontera española, hoy estaría Gibraltar en nuestras manos”;  “Se han perdido dos meses, y en la guerra, el tiempo es uno de los más importantes factores. ¡Meses desaprovechados muy a menudo no se pueden recuperar!”; “¡Lamento profundamente, Caudillo, su parecer y actitud!”. Realmente Franco estaba causando  a Hitler unos daños estratégicos de la máxima trascendencia, como percibía  con nitidez el interesado, que también reprochaba al español,  razonablemente,  sus excesivas ambiciones en África: “Me permito indicar que la mayor parte del inmenso coste en sangre en esta lucha lo soporta hasta ahora Alemania en primer lugar, y luego Italia, y ambos, a pesar de ello, solamente han presentado modestas reivindicaciones”.

Sospechando que Franco se estaba “vendiendo” por los alimentos británicos, Hitler  le prevenía de que  Inglaterra no tenía intención de ayudarle sino solo de “retrasar la entrada de España en guerra, de paralizarla y con ello incrementar sus dificultades permanentemente y así poder finalmente derrocar al actual régimen español”; aparte de que aun si Inglaterra, “en un arrebato sentimental nunca visto hasta ahora en su historia, quisiera pensar de otro modo, no le sería posible ayudar realmente a España (…) en una época en que ella misma está obligada a rigurosas reducciones en su nivel de vida”, las cuales irían en aumento. En fin, insistía Hitler, “Estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte”, y  “En esta histórica confrontación debemos atender  a la suprema lección de que en tiempos tan difíciles más puede salvar a los pueblos un corazón valeroso que una al parecer inteligente precaución”.

Es difícil expresarse con mayor claridad y deshacer con mayor contundencia la impresión creada por Preston, Marquina y tantos otros.  Pero  a nuestros tuñonianos  y asimilados les da igual. Ellos saben mejor que Hitler lo que Hitler pensaba y quería, como les ocurre con Azaña, con Largo Caballero o con cualquiera.

No menor interés tiene el tono general del documento, persuasivo y casi implorante tras haber fracasado, diez días antes, una conminación de Ribbentrop con carácter casi de ultimátum;  un tono que asombra aún más cuando  Franco le respondiera con otra carta casi insolente.  Ante los graves perjuicios que España  estaba causando a sus planes, Hitler tenía poder muy sobrado para  imponer sus intereses por la fuerza, y sin embargo no lo hizo. No invadió la península, aunque estuvo tentado de hacerlo. Sabemos aproximadamente por qué: la invasión le hubiera sido fácil, pero temía verse enfangado en una reedición del laberinto napoleónico a sus espaldas, mientras preparaba el ataque a Rusia desde Europa. Por lo tanto creyó que solo le convenía atacar Gibraltar con el permiso de Franco, y sus esfuerzos se dirigieron a ello, alternando la  conminación y la persuasión. Probablemente cometió un error, comparable, por sus efectos,  a su vacilante planeamiento de la batalla de Inglaterra.

La carta del Führer demuele también, como veremos,  las argucias, más bien que argumentos,  con que el Caudillo justificaba sus demoras, lo cual obliga a replantearse la verdadera actitud de éste, así como su evolución.  

PIO  MOA.

FRANCO-HITLER: LA TÁCTICA DE BERTOLDO (por Pío Moa)

FRANCO-HITLER: LA TÁCTICA DE BERTOLDO (por Pío Moa)

Así pues, Hitler mismo desmiente las enrevesadas construcciones  de nuestros lisenkos, al señalar su prioridad, durante varios cruciales meses, en conseguir  la entrada inmediata de España en guerra. Y Franco, como queda igualmente de manifiesto, tuvo como prioridad abstenerse de entrar en aquellos momentos,  con lo cual salvó al país (y a los anglosajones) de una catástrofe. El interés del dictador alemán  no radicaba, claro está, en la ayuda que pudiera prestarle el ejército español,  pues sabía de sobra sus malas condiciones, así como las de la  economía del país en general. De hecho,  se quejaba de que Franco no cesaba de pedir, sin dar  a cambio más que buenas palabras. Lo interesante para Hitler era el permiso de paso hasta Gibraltar. En Suecia, las tropas alemanas circulaban sin trabas hacia y desde Noruega o Finlandia, sin perjuicio de su neutralidad, pero tal caso no se repetía en España: aquí una situación pareja significaba necesariamente la beligerancia.

Resuelta esta cuestión en lo esencial (aunque siempre habría que matizar muchos extremos), debemos examinar la cronología de la relación entre Franco y Hitler, pues las actitudes mutuas cambiaron de forma muy palpable, a veces bruscamente, en aquellos años.  La historiografía lisenkiana presta muy poca atención a la primera declaración de neutralidad de Franco, ya en 1938, en plena guerra civil y durante la crisis de Munich, cuando pareció a punto de estallar la guerra europea. Tal declaración despertó indignación en Berlín y en Roma, que ayudaban en aquel momento a los nacionales y la vieron como una prueba escandalosa de ingratitud.  Pero Franco la hizo por dos razones: una obvia,  alejar el peligro de una invasión francesa por los Pirineos. Otra, menos mencionada,  la idea de que una contienda entre las democracias y los fascismos supondría un desastre para toda Europa, del que solo sacarían beneficio Stalin y los movimientos revolucionarios.

Franco detestaba semejante eventualidad,  pero no se hacía ilusiones al respecto. A finales de mayo de 1939, cuando muchos pensaban que el choque europeo podría aplazarse o evitarse, advirtió de la proximidad del mismo,  “más terrible de lo que la imaginación alcanza”, porque  destruiría “los puntos vitales de la nación, las fábricas y las comunicaciones”.  Por ello,  cuando la contienda mundial comenzó efectivamente, a principios de septiembre, se apresuró a pedir la paz y a declarar de nuevo la neutralidad española. No podía hacerle ninguna  gracia, además, la agresión  concertada de nazis y soviéticos contra la católica Polonia.  En la ocasión declaró: “Con la autoridad que me da el haber sufrido durante casi tres años el peso de una guerra para la liberación de mi patria, me dirijo a las naciones en cuyas manos se encuentra el desencadenamiento de una catástrofe sin antecedentes en la Historia,  para que eviten a los pueblos los dolores y tragedias…” Con la contienda en marcha,  apelaba “al buen sentido y responsabilidad de los gobernantes para encaminar todos los esfuerzos” a  no extenderla.  Se trataba, volvió a insistir al final del año, de “una lucha estéril”, cuyo resultado, venciera quien venciere,   “será igual de catastrófico”.

Vale la pena comparar esta actitud con la de Mussolini, ya ligado a Hitler por el “Pacto de acero”, pero muy desconfiado de la ventura que pudiera salir de ahí,  según  cuenta Ciano: “Haré como Bertoldo –decía  el Duce--. Aceptó la condena  a muerte con la condición de escoger el árbol apropiado para ser ahorcado. Es inútil decir que no encontró nunca ese árbol. Yo aceptaré entrar en guerra, reservándome la elección del momento oportuno” que muy bien podría no llegar nunca: “Deseo ser yo solo el juez, y mucho dependerá de la marcha de la guerra”.

Sin embargo en 1940 se produjo el  increíble y decisivo cambio. Ya habían sido harto impresionantes la rápida victoria alemana sobre un ejército polaco nada  desdeñable, en septiembre de 1939,   y la conquista de Dinamarca y Noruega con fuerzas muy reducidas y sin dominio del mar, en abril de 1940. Pero en mayo, las tropas de Hitler barrían en pocas semanas a los ingentes ejércitos francés y británico,  además del belga y el holandés. Era algo absolutamente pasmoso, nunca visto.  Nada  que ver con la I Guerra Mundial, a cuya experiencia se atenía el análisis de Franco, admirador por otra parte del ejército francés.  Nada de una larga contienda de desgaste, nada de  arruinamiento del continente y desesperación de las masas, nada de peligro revolucionario. La URSS había aprovechado para ocupar a su vez los países bálticos y una parte de Rumania, pero eso era todo, y no estaba en condiciones de explotar la situación creada en el occidente europeo. Más aún, el Kremlin había felicitado con extraordinaria efusividad a Hitler por su victoria y había contribuido algo  a ella, movilizando a los comunistas franceses para sabotear  el esfuerzo defensivo de su país frente a la invasión nazi.

Aquello trastornaba de modo radical todas las perspectivas. Lo más racional y razonable  para Franco era cambiar  su actitud, por todas las poderosas razones ya expuestas en el artículo anterior.  Un nuevo orden se anunciaba en Europa, y nada le convenía menos que marginarse de él. Lo mismo pensó Mussolini, que aprovechó el momento para abandonar el método de Bertoldo y elegir, por fin, el árbol del que había de ser ahorcado. El Caudillo, a pesar de la tremenda tentación, adoptó una  posición bastante más prudente: precisamente la de Bertoldo. A través de los momentos de mayor o menor tentación se percibe con claridad el hilo conductor de su política: él elegiría el momento de la intervención, según marchara  el conflicto.   

También Hitler cambió su actitud hacia Franco de forma bastante radical. En un primer momento, mientras esperaba que Churchill aceptara la paz, no le interesaron Gibraltar ni, por tanto, la postura española, y pensaba en el Mediterráneo como esfera de influencia de su aliado Mussolini. Pero  al mostrarse Inglaterra irreductible, Franco empezó a influir en la estrategia alemana. Hitler pensó incluso en un gran engaño, prometiendo a Franco cuanto quisiera, sin intención de cumplirlo,  para arrastrarle a la lucha. Pero el fundado temor de que tal promesa trascendería y perjudicaría sus relaciones con la Francia de Vichy le empujó a una política irresoluta. En octubre de 1940 viajó a Hendaya y a Montoire para obtener la intervención de Franco y de Pétain y no consiguió ninguna; a continuación marchó rápidamente a Florencia para detener a Mussolini en su insensata invasión de Grecia, y llegó tarde. Fueron tres auténticos reveses a manos de sus aliados o amigos, reveses de gran trascendencia sobre el curso de la guerra, aunque ello apenas pudiera vislumbrarse entonces. Poco después, fracasada de momento la invasión de Inglaterra, y con Italia sufriendo graves derrotas en Libia y en Grecia, la política de Berlín en relación en relación con  España se volvió ansiosa. Como resume el historiador N. Goda, durante ocho meses, hasta finales de febrero de 1941, Hitler persiguió la intervención española, “con energía y coherencia, con numerosos cambios y alteraciones”. Solo entonces abandonó provisionalmente la Operación Félix para concentrarse en la invasión de la URSS.  El abandono provisional iba a convertirse en definitivo.

El mismo dictamen vale para la política de Franco, sus cambios y alteraciones dentro de  una línea principal de acción seguida con tenacidad y coherencia.  Mantener el rumbo en aguas tan turbulentas  y con tales fuerzas en juego exigió, desde luego, una habilidad sobresaliente,  que nuestros lisenkos, los Ángel Viñas, Moradiellos, Reig y demás no consiguen apreciar, obsesionados en demostrar la ineptitud y simpleza de  quien, insistamos, venció a todos sus enemigos, una y otra vez, a lo largo de cuarenta años. ¿Será excesiva la sospecha de que la simpleza, inducida por prejuicios y fobias,  se encuentra más bien en tales analistas?  

PIO MOA

El hombre que ha llegado a otros planetas y navega por Internet, aún necesita a Dios

El hombre que ha llegado a otros planetas y navega por Internet, aún necesita a Dios

VATICANO, 25 Dic. 06 (ACI).- A medio día de este 25 de diciembre, Día de Navidad,  el Papa Benedicto XVI  pronunció su saludo navideño en 62 idiomas junto con su bendición “Urbi et Orbi” –a la Ciudad y al Mundo-, a la vez que   pronunció un conmovedor llamado a la conversión de los hombres al Salvador y a la paz en las regiones más conflictivas del mundo.

 

Hablando en español, el Pontífice dijo, “¡Feliz Navidad! Que la Paz de Cristo reine en vuestros corazones, en la familias y en todos los pueblos”.

Luego, hizo un enérgico llamado en el que destacó que el hombre de hoy, marcado por sorprendentes logros tecnológicos, no ha respondido aún a sus anhelos más profundos, y necesita de Dios más que nunca, porque aún muere de hambre y sed, de consumismo desenfrenado y del vacío interior; y por ello de esta humanidad surge, más que nunca, un desgarrador llamado espiritual que evidencia que el hombre es el mismo de siempre, en necesidad de ser salvado.

A partir de esta afirmación, el Pontífice lanzó un llamado específico por la Paz en Tierra Santa, en el Líbano, en Irak y en Sri Lanka, entre otros.

Este es el mensaje completo pronunciado por el Santo Padre:

 

"Salvator noster natus est in mundo" (Misal Romano).

¡"Nuestro Salvador ha nacido en el mundo"! Esta noche, una vez más, hemos escuchado en nuestras Iglesias este anuncio que, a través de los siglos, conserva inalterado su frescor. Es un anuncio celestial que invita a no tener miedo porque ha brotado una "gran alegría para todo el pueblo" (Lc 2,10). Es un anuncio de esperanza porque da a conocer que, en aquella noche de hace más de dos mil años, "en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor" (Lc 2,11). Entonces, a los pastores acampados en la colina de Belén; hoy, a nosotros, habitantes de este mundo nuestro, el Ángel de la Navidad repite: "Ha nacido el Salvador; ha nacido para vosotros. ¡Venid, venid a adorarlo!".

Pero, ¿tiene todavía valor y sentido un "Salvador" para el hombre del tercer milenio? ¿Es aún necesario un "Salvador" para el hombre que ha alcanzado la Luna y Marte, y se dispone a conquistar el universo; para el hombre que investiga sin límites los secretos de la naturaleza y logra descifrar hasta los fascinantes códigos del genoma humano? ¿Necesita un Salvador el hombre que ha inventado la comunicación interactiva, que navega en el océano virtual de internet y que, gracias a las más modernas y avanzadas tecnologías mediáticas, ha convertido la Tierra, esta gran casa común, en una pequeña aldea global? Este hombre del siglo veintiuno, artífice autosuficiente y seguro de la propia suerte, se presenta como productor entusiasta de éxitos indiscutibles.

Lo parece, pero no es así. Se muere todavía de hambre y de sed, de enfermedad y de pobreza en este tiempo de abundancia y de consumismo desenfrenado. Todavía hay quienes están esclavizados, explotados y ofendidos en su dignidad, quienes son víctimas del odio racial y religioso, y se ven impedidos de profesar libremente su fe por intolerancias y discriminaciones, por ingerencias políticas y coacciones físicas o morales. Hay quienes ven su cuerpo y el de los propios seres queridos, especialmente niños, destrozado por el uso de las armas, por el terrorismo y por cualquier tipo de violencia en una época en que se invoca y proclama por doquier el progreso, la solidaridad y la paz para todos. ¿Qué se puede decir de quienes, sin esperanza, se ven obligados a dejar su casa y su patria para buscar en otros lugares condiciones de vida dignas del hombre? ¿Qué se puede hacer para ayudar a los que, engañados por fáciles profetas de felicidad, a los que son frágiles en sus relaciones e incapaces de asumir responsabilidades estables ante su presente y ante su futuro, se encaminan por el túnel de la soledad y acaban frecuentemente esclavizados por el alcohol o la droga? ¿Qué se puede pensar de quien elige la muerte creyendo que ensalza la vida?

¿Cómo no darse cuenta de que, precisamente desde el fondo de esta humanidad placentera y desesperada, surge una desgarradora petición de ayuda? Es Navidad: hoy entra en el mundo "la luz verdadera, que alumbra a todo hombre" (Jn 1, 9). "La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros" (ibíd. 1,14), proclama el evangelista Juan. Hoy, justo hoy, Cristo viene de nuevo "entre los suyos" y a quienes lo acogen les da "poder para ser hijos de Dios"; es decir, les ofrece la oportunidad de ver la gloria divina y de compartir la alegría del Amor, que en Belén se ha hecho carne por nosotros. Hoy, también hoy, "nuestro Salvador ha nacido en el mundo", porque sabe que lo necesitamos. A pesar de tantas formas de progreso, el ser humano es el mismo de siempre: una libertad tensa entre bien y mal, entre vida y muerte. Es precisamente en su intimidad, en lo que la Biblia llama el "corazón", donde siempre necesita ser salvado. Y en la época actual postmoderna necesita quizás aún más un Salvador, porque la sociedad en la que vive se ha vuelto más compleja y se han hecho más insidiosas las amenazas para su integridad personal y moral. ¿Quién puede defenderlo sino Aquél que lo ama hasta sacrificar en la cruz a su Hijo unigénito como Salvador del mundo?

"Salvator noster", Cristo es también el Salvador del hombre de hoy. ¿Quién hará resonar en cada rincón de la Tierra de manera creíble este mensaje de esperanza? ¿Quién se ocupará de que, como condición para la paz, se reconozca, tutele y promueva el bien integral de la persona humana, respetando a todo hombre y toda mujer en su dignidad? ¿Quién ayudará a comprender que con buena voluntad, racionabilidad y moderación, no sólo se puede evitar que los conflictos se agraven, sino llevarlos también hacia soluciones equitativas? En este día de fiesta, pienso con gran preocupación en la región del Oriente Medio, probada por numerosos y graves conflictos, y espero que se abra a una perspectiva de paz justa y duradera, respetando los derechos inalienables de los pueblos que la habitan. Confío al divino Niño de Belén los indicios de una reanudación del diálogo entre israelitas y palestinos que hemos observado estos días, así como la esperanza de ulteriores desarrollos reconfortantes. Confío en que, después de tantas víctimas, destrucciones e incertidumbres, reviva y progrese un Líbano democrático, abierto a los demás, en diálogo con las culturas y las religiones. Hago un llamamiento a los que tienen en sus manos el destino de Irak, para que cese la feroz violencia que ensangrienta el País y se asegure una existencia normal a todos sus habitantes. Invoco a Dios para que en Sri Lanka, en las partes en lucha, se escuche el anhelo de las poblaciones de un porvenir de fraternidad y solidaridad; para que en Dafur y en toda África se ponga término a los conflictos fraticidas, cicatricen pronto las heridas abiertas en la carne de ese Continente y se consoliden los procesos de reconciliación, democracia y desarrollo. Que el Niño Dios, Príncipe de la paz, haga que se extingan los focos de tensión que hacen incierto el futuro de otras partes del mundo, tanto en Europa como en Latinoamérica.

"Salvator noster": Ésta es nuestra esperanza; este es el anuncio que la Iglesia hace resonar también en esta Navidad. Con la encarnación, recuerda el Concilio Vaticano II, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre (cf. Gaudium et spes, 22). Por eso, puesto que la Navidad de la Cabeza es también el nacimiento del cuerpo, como enseñaba el Pontífice san León Magno, podemos decir que en Belén ha nacido el pueblo cristiano, cuerpo místico de Cristo en el que cada miembro está unido íntimamente al otro en una total solidaridad. Nuestro Salvador ha nacido para todos. Tenemos que proclamarlo no sólo con las palabras, sino también con toda nuestra vida, dando al mundo el testimonio de comunidades unidas y abiertas, en las que reina la hermandad y el perdón, la acogida y el servicio recíproco, la verdad, la justicia y el amor.

Comunidad salvada por Cristo. Ésta es la verdadera naturaleza de la Iglesia, que se alimenta de su Palabra y de su Cuerpo eucarístico. Sólo redescubriendo el don recibido, la Iglesia puede testimoniar a todos a Cristo Salvador; hay que hacerlo con entusiasmo y pasión, en el pleno respeto de cada tradición cultural y religiosa; y hacerlo con alegría, sabiendo que Aquél a quien anuncia nada quita de lo que es auténticamente humano, sino que lo lleva a su cumplimiento. En verdad, Cristo viene a destruir solamente el mal, sólo el pecado; lo demás, todo lo demás, lo eleva y perfecciona. Cristo no nos pone a salvo de nuestra humanidad, sino a través de ella; no nos salva del mundo, sino que ha venido al mundo para que el mundo se salve por medio de Él (cf. Jn 3,17).

Queridos hermanos y hermanas, dondequiera que os encontréis, que llegue hasta vosotros este mensaje de alegría y de esperanza: Dios se ha hecho hombre en Jesucristo; ha nacido de la Virgen María y renace hoy en la Iglesia. Él es quien lleva a todos el amor del Padre celestial. ¡Él es el Salvador del mundo! No temáis, abridle el corazón, acogedlo, para que su Reino de amor y de paz se convierta en herencia común de todos. ¡Feliz Navidad!

Frases de Navidad y humor

Frases de Navidad y humor

Frases de Navidad y humor

Navidad es una buena excusa para poder abrazar a quien queramos.

Frases de Navidad

Frases de Navidad con humor

Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, y al otro con resaca me vuelvo a trabajar.

Mueren y mueren los peces en el río, pero mira cómo mueren, por los residuos radioactivos.

Estoy más mosqueado que un pavo oyendo una pandereta.

Está más contao que las uvas de Fin de Año.

Tiene más alegría de vivir que el árbol de Coca-Cola en Navidad.

Eres más tonto que el del turrón "El Almendro", que hace la mili todos los años.

Nieva dentro de casa cuando tú no estás. Pero ahora que estás aquí, por fin puedo ver nevar desde la ventana.

Así se avanza en la vida: Primero uno cree en Papá Noel, luego uno no cree en Papá Noel, y al final uno es Papá Noel.

Tiene menos ostentación de lujo que el Portal de Belén.

Tiene menos figuritas que el Belén de Fidel Castro.

Es más inocente que el 28 de diciembre.

Tiene más experiencia que Papá Noel en chimeneas.

Está más relleno que un pavo en Navidad.

Va más rápido que las campanadas de Fin de Año.

Tiene menos movida que un cementerio en Nochevieja.

Está más ilocalizable que Papá Noel en Nochebuena.

Trabaja menos que el suplente de los Reyes Magos.

Trabaja menos que los Reyes Magos, que sólo lo hacen una vez al año y es mentira.

Bebes más que los peces del villancico.

Ley de las Postales de Navidad: Cuando se ha enviado la última, llega una de alguien a quien no le enviaste.

NAVIDAD: Época del año en que todos nos sentimos más buenos y estamos deseando que se acabe pronto. Es cuando los niños tienen permiso para abusar de los papás. En Navidad todos pensamos en los hambrientos del mundo, por eso comemos tanto. Sería maravilloso si el espíritu navideño perdurase todo el año... y muriésemos de úlcera gástrica.

Por Santa Lucía, mengua la noche y crece el día, y hasta Navidad en su ser está.

Ojalá todos tus problemas duren tanto como tus propósitos de Año Nuevo.

Tiene menos escrúpulos que una inspección fiscal a los Reyes Magos... sobre todo a Baltasar, que maneja mucho dinero negro.

Es más pacífico que Ghandi en Nochebuena.

Es más limpia que la carta a los Reyes Magos de Mr. Propper.

Das más pena que el anuncio de "Vuelve a casa por Navidad".

La unión hace la fuerza, y la prueba está en que somos como un copo de nieve que nos cae en la cara, pero hay que ver cuando ese copo de nieve se une a otros y hace una gran avalancha.

Los padres no existen, todo es un montaje de los Reyes Magos.

Primer Descubrimiento en la Tarde de Navidad: El niño tiene un juguete novedoso y notará que el padre estará jugando con él mientras el niño jugará con la caja en que vino el juguete.

Primer Descubrimiento en la Mañana de Navidad: Las pilas no estaban incluidas con el juguete.

Por Navidad, deja la razón a un lado porque aunque tengas frío, siempre habrá alguien que te dará calor.

De Navidad al día Reyes hay 12 días, pero de Reyes a Navidad hay casi un año.

¿Es cierto que la señora de Santa Claus se llama Mary Christmas?

Los Reyes son los padres. (El Príncipe Felipe)

Tomado de PortalMisx Sección de Navidad Fiestas divertidas y cachondas

servido por andalucia sin comentarios

Felictación navideña del equipo ganma

Felictación navideña del equipo ganma

Alrededor del Belén

Alrededor del Belén

Alrededor del Belén

En nuestro caminar, en éste tiempo navideño, nos encontramos, finalmente, con el portal de Belén y ante él, a su alrededor, vamos abriendo el alma y de ella brotan palabras de dulces amores y también otras que desgranan sinsabores. Es que Jesús, niño recién nacido, invita desde esa cuna pobre a la sinceridad. A Jesús, al que se le ofrenda todo el amor del alma, se le ofrece la plenitud de la verdad de los sentimientos propios; no hacerlo así sería intentar dejar de lado algo que en nuestro espíritu existe. Junto al Belén uno se siente renacer; como un niño libre de condicionamientos, como una criatura que nota las primeras caricias y que desea seguir recibiéndolas en todo momento. Caricias del amor de madre que están limpias de cualquier mentira. El alma, ante Jesús en su cuna, se abre toda ella al amor.

Van surgiendo pensamientos en los que se contienen las alegrías que proporcionaron los aumentos en la familia. El nacimiento de cada hijo fue el inicio de una nueva responsabilidad, de un quehacer específico para ese ser que se incorporaba a la familia con sus características propias. Cuando se contempla a Jesús en su cuna de Belén, uno piensa que aparece una nueva etapa para la vida propia; una etapa con características propias, con otras formas de comportamiento en la sociedad que, a veces, tratan de imponerse como exigencias. Y uno le dice a Jesús, con todo el cariño del alma, que quiere seguir luchando cada día, a lo largo de esa nueva etapa, con la ilusión de siempre, con la ilusión que aparecía en cada nuevo nacimiento que aumentaba la familia y que invitaba a cuidar, con amor, a esa vida.

El pensamiento sobre la familia nunca desaparece de la mente de quienes la componen. Por muchas que sean las situaciones difíciles que se hayan encontrado, al correr de los años, la familia se mantiene en el corazón con las penas y las alegrías habidas. En la lucha de la vida hay mucho de satisfacción y también algún que otro dolor. Todo ello se lleva en el alma y ante Jesús se van mostrando todas y cada una de esas cosas que hablan de amor, las unas, y que están sedientas de amor, las otras. Ante esa realidad divina de amor que es Jesús no cabe expresar más que pensamientos de amor, de unión, de comprensión y de paz.

La familia es la base de la sociedad y en ésta se desarrolla nuestra actividad personal. A la sociedad le aportamos el sentir de nuestras vidas. Ese sentir que se ha forjado, desde el nacimiento, en el seno familiar a base de formación que llega rodeada de cariño y también de exigencia que tan útil es para acrisolar el carácter. Y hay cosas en la sociedad que necesitan ser mejoradas, que necesitan mucho más de nuestra atención y cariño, y así lo decimos ante Jesús, con humildad y sinceridad, sin rencor aunque sí con dolor.

Alrededor del Belén se van congregando las familias porque reciben la paz que proporciona la conmemoración, por el nacimiento de Jesús, de la plenitud de los tiempos.

Manuel de la Hera Pacheco.- 25.Diciembre.2006

Campaña en defensa de los reyes magos ¿Que puedes aportar tu?

Campaña en defensa de los reyes magos ¿Que puedes aportar tu?

Campaña en defensa de los reyes magos ¿Que puedes aportar tu?

CAMPAÑA EN APOYO A NUESTROS QUERIDOS REYES MAGOS, MARGINADOS Y OLVIDADOS GRACIAS A UN INVASOR GORDO Y SEBOSO PRODUCTO DEL CONSUMISMO COMPULSIVO...

empecemos la campaña en PRO DE NUESTROS QUERIDÍSIMOS Y ANTIQUÍSIMOS REYES MAGOS, QUE VUELVAN A AFLORAR LAS

TRADICIONES CON ARRAIGO CENTENARIO...

Todos los años por estas fechas sufrimos una agresión globalizadora en forma de tipo gordinflón, una manipulación de las mentes de los niños de España y

del resto del universo.

Ese adefesio carente del más mínimo sentido de la elegancia en el vestir, con aspecto de dipsómano avejentado y multirreincidente en el allanamiento

de morada por el método del escalo, es un invento de la multinacional más multinacional de todas las multinacionales, Coca-Cola.

En los años 30, cogieron al San Nicolás de la tradición Nórdica, que originalmente se paseaba vestido de obispo o de duende un tanto zarrapastroso y lo enfundaron en un atuendo con los colores corporativos (rojo y blanco).

Desde entonces, generaciones de tiernos infantes de medio mundo han sido machacadas por la publicidad, alienándose hasta tal punto que piensan que un

mamarracho publicitario representa todo lo bueno del ser humano.

¡Basta ya!, ¡reivindiquemos nuestras señas de identidad! ¡Abajo Santa Claus y vivan los Reyes Magos!

Estos tres pobres venerables ancianos llevan dos mil años con su PYME, atendiendo únicamente al mercado español y sin intención de expandirse y están

sufriendo una agresión que amenaza con destruirlos.

Reivindico la figura de los Reyes Magos porque:

- Los Reyes Magos son un símbolo de la multirracialidad y nunca han tenido problemas de inmigración.

- Los Reyes Magos son fashion total, su elegancia en el vestir no ha pasado de moda en dos milenios.

- Si no existiesen los Reyes Magos, las vacaciones se acabarían el 2 de Enero.

- Los Reyes Magos son ecológicos, utilizan vehículos de tracción animal que con su estiércol contribuyen a fertilizar el suelo patrio (nada de trineos volando ni gilipolleces que no existen...)

- Los Reyes Magos generan un montón de puestos de trabajo entre pajecillos, carteros reales y multitud de gente que va en la cabalgata.

- De Papá Noel puede hacer cualquier pelagatos, pero para hacer de Reyes Magos se necesitan al menos tres.

- Los Reyes Magos fomentan la industria del calzado y enseñan a los niños que las botas se deben limpiar al menos una vez al año. Por contra, el gordinflas exige que se deje un calcetín, prenda proclive a servir de acomodo de la mugre, cuando no de indecorosos "tomates".

- Los Reyes Magos planifican concienzudamente su trabajo y se retiran discretamente cuando acaban la función.

- Santa Claus vive en el Polo norte y por eso es un amargado, los Magos son de Oriente, cuna de la civilización y por ello de una elegancia no decadente.

- Los Reyes Magos tuvieron un papel destacado en la Navidad, Santa Claus es un trepa que trata de aprovecharse del negocio y que no participó en nada en los acontecimientos de la Navidad.

- Los Reyes Magos son de los poquísimos usuarios que mantienen en pie la minería del carbón en Asturias. No lo han cambiado por gas natural ni por bombillitas horteras.

- Los Reyes Magos lo saben todo. Santa Claus no sabe otra cosa que agitar estúpidamente una campanita.

- Santa Claus es un zoquete que no respeta los sentimientos de los renos de nariz colorada. No hay documentado ningún caso de maltrato psicológico por

parte de los Reyes Magos hacia sus camellos.

- Los Reyes Magos son agradecidos, siempre se zampan las golosinas que les dejamos en el plato.

- Sin los Reyes Magos no se habría inventado el Roscón de Reyes.

- Finalmente, Santa Claus se pasa la vida diciendo "¡Jo, jo, jo!". Risa forzada y sin sentido. Señal de estupidez.

(puedes añadir a la lista tus propios motivos)

Fuente

Angeluxi