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“Ofensas calumniosas”

“Ofensas calumniosas”

El Vaticano subraya que la película “El Código da Vinci” incluye “ofensas calumniosas” contra el cristianismo 

Si el libro estaba repleto de "ofensas, difamación y errores históricos y teológicos acerca de Jesús, el Evangelio y la Iglesia" la película no es menos. Refiriéndose a si fueran a otras religiones han afirmado: "Difamación, ofensas y errores que si estuviesen dirigidos contra el Corán o la Shoah habrían provocado justificadamente una revuelta mundial. Pero como fueron dirigidos contra la Iglesia católica, permanecen impunes". Este pensamiento le tenemos en mente millones de católicos, no actuamos por que vivimos la caridad, ellos lo saben, por eso se aprovechan.

La novela asegura que Jesús se casó con María Magdalena y tuvo descendientes y que el Opus Dei y la Iglesia Católica estaban involucrados en el ocultamiento de estos hechos. Conozco a millares de católicos y a algunos centenares de miembros del Opus Dei, por tanto, puedo afirmar con conocimiento de causa  que de secretos ninguno.

JD Mez Madrid

Recuerdos dolorosos

Recuerdos dolorosos

 

Hay, para cualquier persona, recuerdos agradables y otros que, desgraciadamente, son muy dolorosos. Como es natural, siempre se desea que la mente vuelva a vivir aquellos, pero no ocurre lo mismo con relación a los otros. No se trata de eliminar lo que no es posible hacer desaparecer y los recuerdos se mantienen siempre, aunque el paso del tiempo pueda llegar a hacerlos menos nítidos y también menos hirientes. Unos y otros se van entrelazando, formando la historia de los recuerdos personales; que es, en definitiva, la historia de la vida propia con sus aciertos y sus errores. Recuerdos de hechos, también, que no fueron generados por la propia persona pero que, de alguna forma, más o menos directa, tuvieron alguna influencia en su vida. Es que la vida de la persona va unida a la de la sociedad.

 

Desde hace algún tiempo, no mucho, se ha puesto en circulación una opinión sobre la importancia que para la vida de nuestra sociedad actual tiene el recuerdo de la II República en España. Esa opinión, sustentada por el actual Presidente del Gobierno español, ha tomado cuerpo, en el Congreso de los Diputados, al ser aprobada una proposición de ley, impulsada por IU, que, en resumen, señala - según se dice en la portada de un periódico - que aquél régimen “es un antecedente directo del actual Estado social y democrático de Derecho y de la Constitución de 1978”. Es una opinión que motiva recuerdos directos en quienes vivieron aquella época, cuyo número considero que, por razones de edad, ya no puede ser crecido.

 

El profesor Don Manuel Fernández Álvarez - de la Real Academia de la Historia - es una de esas personas. Entre los diez y catorce años de su edad transcurrió el devenir de la II República y aunque reconoce que en esa edad no se tiene capacidad alguna de decisión sí que se tiene, plenamente, la de observación. Basado en esa experiencia personal señala que “tener una imagen de una II República idílica, gobernada por sabios y prudentes magistrados, donde se estaban incubando los proyectos más hermosos en una convivencia en paz y armonía, está muy lejos de la realidad. Presentar tal imagen es falsear burdamente la historia. Porque, en verdad, en aquella II República había menos verdaderos demócratas de los que hubiera sido menester”.

 

Es posible que otras personas, de edad similar a la del profesor Fernández Álvarez, no coincidan con esos juicios, frutos directos de los recuerdos dolorosos de una época en la que tuvieron lugar unos hechos ciertamente duros y trágicos. Sin embargo, los recuerdos de otras personas sí que coinciden con esos juicios y sienten disgusto por ese interés que por algunos se viene mostrando en presentar una imagen nada o poco real de aquella época.

 

Otro profesor de Historia Política - Don Manuel Álvarez Tardío - señala que “la República fracasó no porque acabara en una guerra civil, sino porque durante sus cinco años de existencia fue incapaz de convertirse en el régimen político de todos los españoles, en una democracia liberal que asegurara la alternancia pacífica a través de las urnas”. Conviene que se medite sobre todo ello. Los recuerdos dolorosos de aquella época ruegan esa meditación.

 

Manuel de la Hera Pacheco.- 28.Abril.2006

 

 

 

 

 

Si tienes luz, alumbra

Si tienes luz, alumbra

 

Cada cual es como es..., aunque a veces crea que es de otra forma. Eso ocurre tanto en lo que se refiere al aspecto físico como al intelectual. Suele haber una gran condescendencia con uno mismo y nos equivocamos. Lo malo no es que uno se equivoque acerca de sí mismo, sino que se hace daño a otras personas y, además, las cosas no se hacen bien. No es mala cosa tratar de encontrarse con uno mismo, tal y como en verdad es, sin falsos añadidos, y se tendrá la gran paz interior que proporcionan la seguridad y sencillez de la verdad. Así, de esa forma limpia y clara, se logra una mejor relación con los demás. Lo que se les pueda decir se recibirá sin recelo, sin temor a ser engañados porque aparece, con claridad, la verdad de una persona que cuida con esmero el no engañarse a sí mismo.

 

Así, tal como se es, con naturalidad y sabiendo cual es la capacidad que se tiene para unas u otras actividades, hay que llegar allí donde se puede hacer una labor buena que se esté necesitando. Alguna vez se recibirá requerimiento para ello, pero serán las más aquellas en las que se hace necesario prestar ayuda sin que sea solicitada formalmente. Serán, por lo general, pequeñas cosas, de esas que está llena la vida y que, por pequeñas, están dentro de las posibilidades de cualquier persona. Hay que darse cuenta y aceptar que la mayoría de las personas somos gente corriente y que, tal como somos, podemos hacer cosas buenas.

 

Van a ser cosas, la gran cantidad de ellas, que no van a tener un gran eco pero que serán muy útiles para alguien. Se busca hacer el bien y no la posible espectacularidad de lo que se haga. Otros lo harán mejor porque tienen más posibilidades para ello, pero cada cual debe seguir su propio camino de la forma que le es dado hacerlo, sin tapujo alguno y sin falso alarde de lo que carece. ¿Cómo se puede ofrecer algo que no se tiene?. Más efectiva es la verdad en cualquier acción que se lleve a cabo, por muy pequeña que ésta sea.

 

En la portada de un periódico se mostraba, el pasado martes, la fotografía de un hombre que se moría en Dahab, un balneario del Sinaí que había sido atacado por terroristas.

A esa persona moribunda la atendían una mujer y un hombre, jóvenes los dos, turistas como aquella persona que estaba próxima a fallecer. ¿Quién les iba a decir que pasarían por esa experiencia, precisamente en un viaje de turismo?. ¿Quizá en su viaje de bodas?. Es igual; ambos jóvenes hicieron lo que en ese momento era necesario: consolar a un moribundo.

 

Le dieron lo que tenían; un inmenso cariño, ese que sale a raudales del alma cuando una persona, a la que ni siquiera se conoce, se muere. Le dan la verdad del alma humana, la piedad hacia el que sufre. Esa era la luz que ellos tenían y, encendida, la acercaron hasta esa persona que se moría. Supieron alumbrar con ella ese momento tremendo de dolor, angustia y desolación que aquella persona padecía. Si tienes esa luz en el alma, que la tienes, alumbra con ella donde es necesario.

 

Manuel de la Hera Pacheco.- 26.Abril.2006

 

 

Deterioro de humanidad

 

Deterioro de humanidad

 

Al ser humano, que es capaz de tantas y tantas cosas buenas e importantes, se le viene sometiendo a un proceso de disminución de sus valores. A algunos de estos se les niega y a otros se les rebaja en sus objetivos. Se va convirtiendo a los seres humanos en máquinas automáticas que responden, a la orden recibida, por medio de un proceso automático que fue diseñado e instalado, previamente, por mentes y manos de otros seres humanos. Unos son los que dominan y otros son los que hacen aquello que se les ordena. No se reflexiona, a fondo, por parte de cada cual, porque no se da tiempo para ello. Todo va adquiriendo esa condición de automatismo con respuesta inmediata, que se viene implantando en la vida de los seres humanos y en la sociedad de la que forman parte. Proceso ese que no respeta el derecho a la libertad que todo ser humano tiene para orientar su vida en la búsqueda de la verdad

 

Llama la atención la rapidez con la que se aplaude cualquier intervención pública de quienes están al frente determinadas organizaciones, sin que haya sido posible llegar al fondo de aquello que se acaba de proclamar. Es la programación del aplauso como medio para avalar algo que, de momento, son sólo palabras, aunque puedan suponer buenas intenciones. El aplauso que tiene verdadero valor es el que se produce cuando la inteligencia ha podido entrar en el fondo de la cuestión planteada. Puede que este aplauso sea hasta discreto, pero se presenta avalado por el estudio, sereno y profundo, de cada una de las posibilidades que se derivan de aquello que se ofreció como una posibilidad y será el aplauso de los convencidos.

 

Esa especie de automatismo que se pretende en la sociedad constituye, en esencia, un paso más hacia el subdesarrollo y por ello es un deterioro de humanidad. Nos fijamos, con razón, en esas personas cuyas vidas discurren en un ambiente de gran pobreza material y sin posibilidades de mejorar, con sus medios, ese ambiente de tan baja calidad y, sin embargo, no se toma en consideración ese subdesarrollo que existe en las relaciones humanas. No tener en cuenta tanto una como otra manifestación de subdesarrollo constituyen, una y otra, serios deterioros de humanidad, de pérdida de los valores básicos de los seres humanos.

 

Es de todo punto necesario que crezca, significativamente, la consideración de la dignidad del ser humano, tanto por quienes gobiernan o dirigen en la sociedad como por los que son gobernados o dirigidos. Dignidad esa que tiene su fundamento en la verdad; en la que tiene la fuerza de unir a todos los seres humanos y no en esa otra argumentación que conduce al alejamiento - cuando no al enfrentamiento - de unos y otros, aunque coseche muchos aplausos por otras motivaciones ambientales, distintas al del análisis riguroso de lo que se propone por quien recibe esos aplausos. La sociedad demanda la dignidad de la verdad.

 

Toda persona debe procurar que no haya deterioro de humanidad en la sociedad, pues si ese deterioro se produce y aumenta se creará separación en la comunidad humana. Es preciso que no se hable para cosechar aplausos sino para ofrecer vías de desarrollo y de unión entre todos los componentes de la sociedad. Desarrollo y unión que tienen fundamento en la verdad que a todos es dado reconocer, porque es la que a todos hace libres.

 

Manuel de la Hera Pacheco.- 24.Abril.2006.-

La gran riqueza de la vida

La gran riqueza de la vida

 

Es tanta la riqueza de la vida, la de cualquier persona, que resulta muy difícil hacer uso de ella, en forma adecuada y conveniente, si no se sabe apreciar lo que vale cada una de esas cosas pequeñas de las que está llena esa vida. Unas son comunes para todas las personas y otras no, pero existe relación entre ellas que conviene saber aprovechar. Si no se cuida esa relación aparece el distanciamiento entre unas personas y otras por falta de afinidad; por falta de entendimiento en tantas y tantas cosas pequeñas que llenan la vida de cada persona. La gran riqueza de la vida se muestra, especialmente, en la atención con la que se cuidan las cosas pequeñas que tienen que ver con otras personas que tienen más dificultades que uno mismo para hacerse un hueco en la sociedad. Cuando se ignora a esas personas se está haciendo mal uso - a veces perverso - de la gran riqueza que hay en la vida de cada persona.

 

Toda persona, por mucho que tenga, siempre necesita un detalle de cariño, un algo que le haga darse cuenta de que existe - como ser humano - para los demás. A las personas se las quiere por su capacidad y calidad de reacción ante todas y cada una de las condiciones a las que se ve sometida a lo largo de su vida. Ese cariño es el premio que reciben por el uso que hicieron de la gran riqueza de su vida. No se trata de homenajes públicos, sino de algo tan sencillo como la percepción de un simple gesto de agradecimiento de alguien, al que ni siquiera se conoce. Esos gestos amables y sinceros, que brotan del corazón, constituyen signos de la gran riqueza de la vida de cualquier ser humano. Es generosidad del alma.

 

A veces se impide, o se coarta, esa generosidad por razones de conveniencia de algún proyecto que tiene unos fines determinados que no son los más adecuados para la sociedad. Es entonces el momento de hacer valer, con gran ilusión, la gran riqueza de la vida humana. En la adversidad tiene que mostrarse, con toda la fuerza del alma, el gran valor de la generosidad. Esa es la ocasión en la que la verdad ha de ser expuesta con los razonamientos más inteligentes, sin que en ellos aparezca algo desagradable o hiriente para quienes defienden alguna opción diferente, que no puede ser aceptada por razones claras y concretas.

 

Con esas cosas pequeñas de buen trato y consideración que se dispense a quienes son adversarios en la forma de entender la sociedad, se logra un ambiente de amabilidad y de respeto que facilita la labor a desarrollar; que no es solo la de modificar un proyecto sino algo mucho más importante. Se ha de tratar, siempre, que la convivencia humana sea muy buena. Tan buena que permita que los detalles pequeños de amabilidad y respeto se aprecien como en realidad deben ser, como muestras de verdadero cariño hacia todas las personas.

 

La gran riqueza de la vida, la de la gran capacidad del alma para querer a todo el mundo, hay que hacerla efectiva sin reserva alguna, con total generosidad. En las cosas pequeñas de la vida, en esas que son las que continuamente se nos presentan, toda persona tiene la oportunidad de mostrar la gran riqueza de su alma. Así, nuestra sociedad mejoraría.

 

Manuel de la Hera Pacheco.- 21.Abril.2006.-

 

 

Sacar la poesía a la calle

Sacar la poesía a la calle

 

Sí, cualquier calle de cualquier lugar es mucho más atractiva, agradable y bella cuando la poesía discurre por ella; por su calzada y sus aceras; a bordo de vehículos de cualquier clase o dentro del sentir de la gente que camina hacia un lado y hacia otro. La poesía está al alcance de cualquier persona y la puede poner de manifiesto en cualquier momento; cuando está en la calle abarrotada de gente que camina hacia un lado y hacia otro, al tiempo que los vehículos llenan la calle de ruidos diversos. La poesía no se asusta por esa cantidad de gente y de ruidos que hay en la calle, pues es sumamente curiosa y comunicativa. Tal vez sea que a la poesía se la mantiene fuera de la calle porque se considera, por mucha gente, que su belleza solamente brilla en lugares donde hay silencio y atención dispuesta a percibir y deleitarse con cada uno de los detalles que surgen, delicadamente, de los poemas.

 

Hay que sacar la poesía a la calle, sin tener apuro por nada. La poesía lo está pidiendo y la calle lo está necesitando desde hace mucho tiempo; tal vez desde siempre; como desde siempre el ser humano viene necesitando que la poesía haga más bella su labor, cualquiera que ésta sea. Hay poesía en el amor y en el dolor, como la hay en el trabajo honrado y en la dedicación a las causas nobles. La hay en toda obra humana en la que importe servir a los que necesitan ayuda, antes que al interés de la propia satisfacción. Hay que abrir las puertas que impiden que la poesía de la labor humana se haga presente en las calles. La poesía no se puede hacer presente allí donde el egoísmo humano es patente, ni donde existe rencor, ni donde el desprecio hacia otras personas, o a sus obras, hace que la vida sea áspera y gris.

 

La poesía es, en verdad, una manifestación sincera, a la par que noble y bella, del alma. No importa que su autor no sepa dejarla escrita sobre un papel, pues basta su forma de proceder - llena de nobleza y belleza - allá donde esté; igual da que sea en un cuidado escenario que en una calle cualquiera donde el ruido impera. La poesía se lleva en el alma y tiene necesidad de hacerse patente en el trato que se dispense a toda clase de gente. Hay que abrir la puerta del alma cuando se esté en la calle, entre tanta gente que no se conoce y que camina presurosa, para hacer llegar a cualquiera que se la tiene en cuenta y que se la quiere.

 

Cada lugar tiene su forma particular de hacer notar la belleza y la profundidad de la poesía. El poeta y escritor Derek Walcott - distinguido con el Premio Nobel - señala que el flamenco es una forma especial, en Andalucía, de sacar a la calle la poesía. Es una afinidad especial para entender unos sentimientos y apreciar, con gusto, la delicadeza de los demás.

 

Toda persona tiene derecho a que se la trate con delicadeza. Vale mucho cada persona y es mucha e importante la labor que tiene encomendada; la de hacer felices a los demás. Ese es el gran poema que se ha de ir forjando en el quehacer diario de cada persona. Esa es la poesía de la vida para cualquier persona y en cualquier lugar; también en la calle.

 

Manuel de la Hera Pacheco.- 19.Abril.2006.- 

Acaso no nos importa?

Acaso no nos importa?

 

Qué duda cabe que a toda persona importa aquello que más le afecta, tanto en lo material como en lo espiritual. ¡Claro que sí!. Pero ocurre a veces que no llegamos a darnos cuenta de la importancia que, para unos u otros, tienen algunas cosas. Es que son tantas las cosas que ocurren, de forma natural o forzada, que no hay posibilidad de estar al corriente de todo ello. Eso, o algo parecido, se suele decir, como excusa, cuando algo nos sorprende y nos hace daño y hasta es posible que lo sea de consideración y quién sabe si imposible de hacerlo desaparecer o, cuando menos, de paliar. La realidad es que la vida supera, con creces, la capacidad personal y por ello, si de verdad nos interesa la vida que se nos ha proporcionado, hay que ocuparse muy seriamente de encontrar las ayudas que nos son necesarias.

 

El aislamiento es sumamente perjudicial. Hace daño a uno mismo y a esa parte de la sociedad en la que se tiene obligación de estar en forma activa, no como algo inerte o como algo que no produce beneficio sino como elemento fértil, pujante y decidido a que la vida de uno mismo y de otros, de la sociedad en definitiva, tenga el valor de la verdad que a toda la humanidad invita a hacer el bien, a que ésta sea justa y entregada a ayudar al que no puede o no sabe ayudarse a sí mismo. No se puede comprender que alguien diga que no le importan esas personas que no tienen donde vivir ni siquiera comer algo que tenga el bendito sabor del amor. Quizá nuestras palabras no digan que no nos importan, pero ¿qué hacemos por ellos?.

 

Nadie tiene permiso para no ocuparse de lo que nos rodea y de aquello que pueda llegar a ser realidad. Todos, como conjunto, y cada uno personalmente, tenemos la obligación de vivir la realidad de la vida de la sociedad; esa vida a la cual contribuye toda persona. Si esa contribución fuera escasa, nula, engañosa o cruelmente negativa, se estaría haciendo daño a ese precepto, tan divinamente humano, que nos señala que hay que amar a toda otra persona, cualquiera que sea, hasta dar su vida por ella si fuera necesario. Importa esto en la vida para dar verdadero valor, el del amor que no tiene límites, a lo que se haga.

 

¿Es que no se quiere una sociedad en la que la injusticia no exista?. Claro que se quiere y así lo decimos todos aunque sea con el añadido de que el empeño resulta imposible; que todo fracasará porque cada cual atenderá antes que nada, o de forma exclusiva, a su propio bienestar. Hay que reaccionar, ante ese conformismo de base egoísta, con fidelidad a la verdad; a esta verdad que llena de amor el alma; de ese amor que se hace tanto mayor cuanto más grande sea el dolor que se siente por aquél que nada tiene y que todo necesita.

 

A veces no sabemos dónde o a quién acudir para iniciar ese camino que conduce a la verdad, o tal vez para afianzar y fortalecer nuestra decisión de vivir en la verdad del amor a la humanidad. Esa ayuda nos la proporcionará la oración, si a ésta llevamos el clamor del dolor que nos causa el olvido de aquello que tanto nos importa: la entrega de amor a los demás.

 

Manuel de la Hera Pacheco.-.19.Mayo.2006

 

¿Qué es lo que se quiere?

¿Qué es lo que se quiere?

Son muchas las ocasiones en las que uno mismo no sabe lo que quiere. Por ello, sus decisiones quedan marcadas con el sello de la duda en muchas ocasiones. Esto, que cada cual sabe la importancia que tiene en su vida personal, es extensible al conjunto de la sociedad ya que las personas, a la hora de decidir, somos muy parecidas. Es seguro que unos tendrán más seguridad en aquello que piensan y que les lleva a decidir, pero la gran mayoría suele ser indecisa y se orienta hacia algo que no ha acabado de comprender bien, lo cual, a la hora de los resultados, se traducirá en desencanto o en satisfacción; algo así como lo que ocurre con el juego de la lotería, lo cual no es lo que conviene a cualquier sociedad que pretenda ser un ente responsable, tanto para su propio gobierno como para su relación con las demás sociedades existentes en el mundo. ¿Qué es lo que se quiere, de verdad, en nuestra sociedad?

 

Es, esa, una pregunta que conviene que cada persona se haga y que trate de encontrar la respuesta que responda, de forma clara y concreta, a la verdad. Es necesario que la vida de la sociedad no discurra entre sobresaltos sino que goce de la normalidad de la lógica que lleva al entendimiento. Sólo así se podrá avanzar con seguridad hacia las mejores metas, aunque éstas sean difíciles. Cuando hay unidad de pensamiento se multiplica, en grado muy importante, la fuerza y calidad de los resultados en aquello que se emprende. Es insensato hacer desaparecer esa unidad de esfuerzo hacia el logro de un objetivo que a todos interesa, sustituyéndola por una ancha separación de voluntades que se quiere lograr por medio de formas que no son las adecuadas para el trato que debe existir entre las personas que configuran la sociedad. Éstas deben saber bien qué es lo que se quiere llegar a alcanzar.

 

Se han dado pasos que han llevado a modelos de vida en la sociedad que no gozan de aceptación por gran parte de los componentes de la misma, al entender que están por debajo de lo que se necesita para que la sociedad alcance un buen nivel de formación intelectual, social y moral, que le permitan hacer frente, con éxito, a cuantos ataques se le hacen a la misma desde algún tiempo a esta parte. ¿Qué es lo que se quiere con esa forma de actuar, tanto por parte de quienes han dado esos pasos como por la de quienes se oponen a ello?.

 

A unos y a otros les toca reflexionar, con atención y la máxima honradez, sobre lo que se ha hecho y lo que se haya dejado de hacer. Lo demanda así tanto la responsabilidad que se tiene con uno mismo como la que nos exige la sociedad. ¿Qué hemos hecho con el derecho natural que asiste a las personas, a las familias, a la educación de los hijos en el seno de éstas y a los medios de educación que se les proporcionan por la propia sociedad?.

 

Nadie está exento de la obligación de atender a la evolución de la sociedad, pues es de todos. Quizá no se haya hecho todo lo necesario, hasta este momento, y hay que rectificar. Es necesario trabajar seriamente, sabiendo qué es lo que se quiere y dándolo a conocer a los demás. Se ha hecho, sin duda, pero todos debemos hacerlo mejor.

 

Manuel de la Hera Pacheco.- 10.Abril.2006.-