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Da Vinci y la apoteosis de la mentira

Da Vinci y la apoteosis de la mentira

El Mundo
Víctor de la Serna
30-05-2006


La polémica en torno a la película El código Da Vinci tiene connotaciones de interés también para la prensa y los medios de comunicación modernos, tan dedicados al infotainment, a la información amarillista (o rosa, según prefieran ustedes un color u otro) teñido de puro entretenimiento: ¿Dónde está la frontera que no se debe traspasar entre realidad y ficción, entre datos reales e intoxicación (política, literaria, religiosa... el adjetivo puede variar)?

Viene esto a cuento de un acerado análisis publicado en The Guardian por Sir Simon Jenkins, el columnista del periódico londinense que también es ex director de The Times y marido de la actriz norteamericana Gayle Hunnicutt (una conexión con el mundo del cine que, en este caso, no es baladí), titulado La importancia de los hechos. La tesis de Jenkins es sencilla: los hechos sobre los que se apoya el libro de Dan Brown y por ende la película, son falsos, y por ello la descripción de esa obra como novela histórica es injustificada, y por ello hay que denunciar el barniz engañoso de película basada en la Historia que ha hecho el éxito del filme, como lo de novela histórica fue todo el morbo del libro.

El prólogo del libro dice, tajante: «El Priorato de Sión, sociedad secreta europea fundada en 1099, es una verdadera organización». Entre sus miembros estuvieron supuestamente Newton, Botticelli, Víctor Hugo y, claro, Leonardo Da Vinci. Sostenían que Jesucristo estuvo casado con María Magdalena, tuvo un hijo, y se postularon en guardianes de sus descendientes, pese a que muchos fueron brutalmente asesinados por el Opus Dei. Morbo insuperable...

Lo que sucede es que todo es mentira, subraya Jenkins: lo del Priorato es una falsedad perpetrada en los años 50 del siglo XX por un estafador francés, como está ampliamente demostrado. Se la creyeron la BBC (¡cómo no!) y los autores de un best seller de 1982, que es de donde lo extrajo todo con gran desahogo Brown.

Los guionistas y escritores, recalca Jenkins, defienden hoy con fiereza su derecho «creativo» a inventarse las cosas. Licencia poética, vamos. Pero lo que Brown ha hecho es manipular, «no ideas religiosas recibidas, lo que no es dañino ni tiene nada de nuevo, sino otro objeto de culto distinto: la comprensión de la verdad por su audiencia, su reverencia instintiva por los hechos».

Frente a esto, los periodistas comparten con los historiadores «una obligación residual para con la verdad», y en opinión de Jenkins los novelistas históricos deberían aceptar la misma disciplina: «No deben colocar la batalla de Hastings en 1067 [en vez de 1066]». Pero muchos lo hacen sin recato, y muchos cineastas también mezclan inextricablemente hechos y ficción. Jenkins cita a Oliver Stone en JFK y Stephen Spielberg en La lista de Schindler. Los efectos de los seudodocumentales pueden ser terribles: El nacimiento de una nación de Griffith relanzó el Ku Klux Klan. Y el éxito enorme de Da Vinci lo convierte en «la apoteosis de la mentira».

El programa social-laicista contra la enseñanza de la Religión

El programa social-laicista contra la enseñanza de la Religión
Diego Quiñones Estévez
Profesor de Religión y Moral Católica

 

http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=12196&idNodo=-5


Nuestra escasa y ahora debilitada democracia constitucional se ha caracterizado por una constante política socialista de menosprecio a la mayoría sociológica y religiosa que representan los cristianos católicos. Y ello, en todos los ámbitos de nuestra vida política, pero de forma prioritaria en el de la educación, donde el único objetivo político ha sido aplicar el programa del partido, el programa de una partitocracia laicista contra la libertad de educación. Ningún programa político puede estar en contra de los derechos y deberes de la Constitución Española (1978) ni de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948).

El programa socialista se ha aplicado contra la libertad de educación de los cristianos católicos, ya que la enseñanza de la Religión ha sido devaluada a medida que han ido ocupando las instituciones democráticas los diversos gobiernos socialistas en el poder.

Por más que las sentencias de los máximos tribunales de justicia del Estado siempre han reconocido que la enseñanza de la Religión es una asignatura fundamental y por tanto ha de estar en igualdad de condiciones académicas y pedagógicas que las demás materias, el programa del partido de los gobiernos socialistas nunca las ha respetado, jamás las ha cumplido. Al parecer, el programa social-laicista está por encima de la justicia democrática y constitucional, está por encima de los Derechos Humanos fundamentales, como es el de la libertad de educación religiosa y moral de las familias, sean cuales sean sus convicciones y creencias. Esto se ha convertido como en una tara neomarxista más de los mal contados 100 años de presencia de la ideología socialista en España, durante los cuales nunca las izquierdas han reconocido la labor multisecular de la Religión Católica en la Historia de España y Universal. De ahí, que no cumplan el Acuerdo Internacional con la Santa Sede y el Estado Español sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, que se hicieron en 1979 según la Constitución Española (1978).

El programa social-laicista ha ido asfixiando lentamente a la asignatura de Religión y a la labor docente de sus profesores, a los que, de forma oculta y maquiavélica, se les ha ido despojando de sus derechos y deberes como trabajadores de la enseñanza, hasta tal punto de que no han podido ejercer su trabajo con la misma dignidad y consideración social que los demás profesores. Junto a la asignatura, se les ha arrinconado en los centros públicos, negándoles el pan y la sal, impidiéndoles formar parte de los órganos de coordinación didáctica y pedagógica, ser tutores y desempeñar la jefatura de departamento tan necesaria para programar e impartir en condiciones la asignatura. En fin, se les ha acusado falsamente diciendo que dan catequesis, cuando en nuestro Estado aconfesional, que no laico, los profesores de Religión no imparten ningún catecismo. La catequesis se da en las parroquias. La Iglesia y los profesores de Religión, desde siempre, han tenido muy claro que en las aulas se evalúa el proceso de aprendizaje de los alumnos, teniendo en cuenta los conceptos, los procedimientos y las actitudes de la Teología, que es un conocimiento científico más que contribuye a la educación integral de los educandos. La fe no se evalúa, esto corresponde a la catequesis que se imparte en las parroquias a las personas que se inician o quieren madurar en la fe y la vida cristiana. De ello deberían haber tomado buena nota los ideócratas que han programado la LOE sin consenso, porque quieren que los alumnos sean evaluados en la ideología en el poder por medio del área obligatoria de Educación para la Ciudadanía; es decir, no evaluarlos en los valores democráticos y constitucionales que ya están de modo transversal en todas las áreas educativas, sino examinarlos de los contravalores totalitarios del laicismo y del pansexualismo de la ideología de género.

Y ahora con la LOE quieren imponer otro recorte más, que se añade a los muchos que durante años y años se han venido haciendo contra la asignatura de Religión, para que se hunda todavía más, sin que se note. Y ese nuevo recorte consiste en que seguirá siendo evaluable, pero sin el peso académico, científico y pedagógico que requiere toda asignatura, ya que no será computable para la promoción de curso ni para la nota media para el acceso a la Universidad. Es decir, quieren dejarla en la nada, como eran las actividades alternativas sin rigor no evaluables en la LOGSE.

Con la LOE, aumenta el desprecio hacia la mayoría de los alumnos y padres que eligen voluntariamente la Religión Católica, y también hacia la minoría de alumnos y padres que eligen las religiones judía e islámica y la confesión evangélica.

Y no será porque no tengan la solución al alcance de la mano: se les ha ofrecido quitar la obligatoria, estatalista e intervencionista área de Educación para la Ciudadanía y crear un área común de valores básicos constitucionales y democráticos, que tendría tres opciones a elegir por los alumnos y padres: la opción voluntaria de Religión confesional (católica, judía, islámica, la confesión evangélica y otras futuras religiones y confesiones) y la opción aconfesional voluntaria de Cultura Religiosa en sus diversas manifestaciones; y para los alumnos y padres que no opten por las anteriores, tendrían una educación en los valores básicos de convivencia constitucional y democrática. Todas estas opciones pluralistas serían evaluables y computables; es decir, tendrían el valor académico que requiere toda asignatura que se quiera dar con rigor y seriedad para beneficio de todos los alumnos. De este modo también saldrían dignificados y reconocidos en su quehacer docente los profesores de Religión, que, si son católicos, deberían moverse en el marco, al igual que la situación de la asignatura, del Acuerdo Internacional entre la Santa Sede y el Estado Español, de la Constitución Española y del Estatuto de los Trabajadores.

El partido socialista en el gobierno tiene otra oportunidad histórica para no volver a cometer los mismos errores con la enseñanza religiosa. Los Reales Decretos de Desarrollo de la LOE y las negociaciones entre la Iglesia Católica y el gobierno actual deberían resolver esta cuestión, porque las generaciones actuales y las futuras han de ser educadas en la pluralidad y la libertad, en la convivencia democrática y constitucional entre creyentes y no creyentes.

Mientras en Europa se incentiva y protege el hecho religioso en la enseñanza, porque forma parte de la educación integral de las personas, aquí se nos quiere imponer un programa social-laicista de partido que sigue anclado en la misma mentalidad trasnochada del laicismo antirreligioso, que en las democracias constitucionales del siglo XXI ya es un cadáver enterrado para siempre porque hiede a totalitarismo y despotismo.

Chusca venganza de la Junta de Andalucía

Chusca venganza de la Junta de Andalucía
J. Cabeza de Vaca

http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=12278&idNodo=-5

La Junta de Andalucía ha ordenado a un colegio de Baeza, Jaén, la retirada de todos los crucifijos de un colegio. La circular que hizo pública el centro explica que se contempla una excepción: “la clase de Religión”, y añade con sorna: “mientras ésta todavía exista”.

La cosa no acaba ahí, sino que la Junta prohíbe la celebración de cualquier tipo de actividad extraescolar relacionada con la Religión. Adiós belenes. Y ya veremos si la cosa sigue adelante y empezamos con la Semana Santa...

No parece casual que esta decisión llegue inmediatamente después de la Nota de los obispos andaluces en la que se critican ciertos aspectos del proyecto de reforma del Estatuto andaluz. Pero esta actitud de la Junta, que merece los peores calificativos, no puede hacernos perder de vista que éste no es en absoluto un hecho aislado, y no sólo –ni hasta ahora principalmente- en España.

Un progenitor A o B se siente ofendido en su sensibilidad porque sus hijos van a una escuela pública ¡donde hay crucifijos! Este señor/a A o señor/a B critica que se expongan en el espacio público, que es de todos, símbolos de una fe que, en su opinión y la de muchos, deben quedar relegados al ámbito de lo privado. Las ideas anticatólicas de esta persona, por el contrario, sí deben merecer todo el amparo de la Administración Pública, aunque sea a cambio de recortar derechos a los católicos.

El meollo del debate está en el artículo 16.3 de la Constitución: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”, que es en lo que se ampara la corriente de opinión laicista. Se olvida, sin embargo, que este artículo añade de inmediato: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española”. En este caso, lo que se ha tenido en cuenta son los prejuicios anticatólicos de un progenitor, que tendrá sin duda a otros padres de su lado, pero también a muchos otros en contra.

La aconfesionalidad del Estado, que tuvo en España su principal valedor en la Iglesia, se refiere a la no imposición de un credo –o una ideología, ojo- a los ciudadanos. Pero una lectura torticera pretende transmutar su significado en belicosidad hacia cualquier manifestación religiosa, o mejor dicho católica.

Es inevitable que la educación esté impregnada de una visión del mundo. La católica, además, proclama su universalidad. Y refútelo quien pueda, pero sepa que su pretensión de que todas las culturas y religiones son relativas será también universal. ¿Aceptamos entonces una cosmovisión sí y otra no en la escuela pública?

La educación es un terreno muy sensible en el que se reflejan los ataques contra la libertad religiosa de una ideología con pretensiones totalitarias. Varios altos cargos del Gobierno y del Partido Socialista encabezaron la última manifestación del Orgullo Gay junto a pancartas y manifestaciones absolutamente ofensivas hacia Cristo y hacia la Iglesia. No pasó nada. La libertad se antepuso al derecho al honor y a la propia imagen. ¿Pero qué hubiera sucedido si los millones de personas que salieron a las calles en defensa del matrimonio hubieran actuado recíprocamente?

La pregunta no es retórica. Estados Unidos, que suele marcar las tendencias de futuro del mundo entero, ha iniciado una peligrosa senda de recortes en la libertad religiosa, tal como expone un reciente artículo en The Weekly Standard. Un bibliotecario ha sido denunciado por recomendar un libro pro familia escrito por un senador, que, por lo visto, hirió la sensibilidad de algunos profesores. Y, como publicó en su día Análisis Digital, varias personas han sido despedidas de sus empresas por oponerse al llamado “matrimonio homosexual”. Varios expertos prevén que el tratamiento que merecerá la oposición a esas uniones será similar al que deparan hoy la sociedad y las leyes norteamericanas a las manifestaciones de racismo.

El panorama parece sombrío. Pero no debemos ser tremendistas. Tiempos ha habido mucho más difíciles. La Junta de Andalucía, que gustosamente daría por muerta la Religión (“…mientras ésta todavía exista”), debería recordar que eso dijeron otros no hace 10 ni 15 ni 50 años, sino –así, a ojo- 1.970 años.

Ética para una realidad ardua

Ética para una realidad ardua
Luis Sánchez de Movellán de la Riva
Doctor en Derecho
Profesor en la USP-CEU

http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=12289&idNodo=-5

La creencia más arraigada en el sentir de los griegos consistía en afirmar que el hombre es un “animal político” por naturaleza. Ser político constituye una dimensión esencial en el rasgo específico del ser humano, así que el hombre desarraigado de la política no puede alcanzar un nivel de vida auténticamente humano.

En el sentido aristotélico, el hombre, como ser político, implica dos dimensiones fundamentales: primera, porque se agrupa y vive en comunidad, lo que significa que los seres humanos somos deficientes, incapaces de subsanar, por nosotros mismos, nuestras propias necesidades. Su vida en comunidad es de orden superior, porque el hombre posee lenguaje, se comunica, dialoga, resuelve los conflictos y también los provoca. Caracterizar al hombre como zoon politikón es situarlo en la comunidad, pero no en cualquier comunidad, sino en la comunidad política, esto es: la familia que asocia a un número de individuos, la aldea donde comparten grupos de familias, y la polis, donde los ciudadanos viven estrictamente como tales y alcanzan su plenitud en y gracias a la propia comunidad.

Ahora, para continuar desarrollando la connotación sobre la polis griega, llegamos a la segunda dimensión fundamental en la política aristotélica: el hombre es un animal político porque vive, siente y ama la polis, como comunidad política y como ciudad dotada de soberanía. Ciudad sólo tiene sentido como convivencia, como vínculos que se estrechan entre los ciudadanos, como así lo afirmó Aristóteles: “La forma suprema de comunidad, la que abarca a todas las otras, es la polis, es decir, la comunidad política”. A la polis la conforma la estructura de la politeia o conjunto de ciudadanos, entendidos éstos como el cuerpo vivo, que participan activamente en la vida política de la ciudad, en los asuntos del gobierno.

Nos dice Xavier Zubiri que “el hombre es un animal de realidades”, y como todo viviente tiene su locus y su situs. Se encuentra entre las cosas, está colocado “entre” ellas, pero también situado “frente” a ellas. Ahora bien, al estar entre y frente a las cosas, tiene que habérselas no sólo con las cosas, sino consigo mismo, siendo ello lo que denomina Zubiri la habitud.

La vida humana es vivencial, movimiento vital, es una acción permanente, una sustantividad. En este sentido, asumir la realidad es una manera de realizarnos, de autoposeernos en todo cuanto hacemos y vivenciamos. La mayor preocupación del hombre debería ser la propia vida, el vivir como naturaleza misma, como libertad, como máscara que acepta y representa la vida que le ha tocado en suerte.

El hombre, como ser político, tiene que estar inmerso en una comunidad, en una sociedad. De ninguna manera puede renunciar a ella. Tiene que luchar por el beneficio propio y el de su polis. Reír, soñar, disfrutar, gozar, amar la polis como se ama a sí mismo.

La propuesta que hacemos es poner en práctica una ética racional, reflexiva, mediante la cual solucionemos los problemas y conflictos por la vía del diálogo, la concertación, el discurso racional, llevando como valor implícito el de la igualdad, ya que al que se le demuestra racionalmente se le trata como un igual y la relación entre quienes están en un proceso de demostración es una relación entre iguales.

Hablamos de una ética hoy porque la historia nos ha demostrado que en aquellos momentos de desasosiego, incertidumbre, confusión, caos..., los pueblos y las comunidades parecen esperar respuestas y propuestas que los salven del naufragio y la hecatombe. Vivimos tiempos violentos, nihilismos desazonantes, desnortamientos desgarradores y angustia colectiva, pero queda la esperanza de una vida mejor.

La ética es un saber que orienta racionalmente al ser humano durante toda la vida. Y antes de universalizarse se tiene que individualizar: es de cada uno de nosotros. Mediante el recto actuar, el ser humano puede lograr en su espacio donde vive, la felicidad que siempre se buscó en la antigua Grecia. Si se actúa bien, los efectos son buenos; si se actúa mal, los efectos serán malos.

Somos racionales, sujetos que hablamos, pensamos. Por lo tanto, tenemos también la capacidad de dialogar, establecer consensos, compromisos, donde la acción comunicativa sea la norma para saber que el otro no me engaña ni yo tampoco pretendo engañarlo con mi discurso. Hay que evitar a toda costa aquello que expresara Epicuro, hace ya veintitrés siglos: “Si Dios prestara oídos a las súplicas de los hombres, perecerían, porque de continuo piden muchos males los unos contra los otros”.

Cuando la verdad no importa

Cuando la verdad no importa
Ricardo Puente García

 

http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=12298&idNodo=-5



No hace mucho ha muerto uno de los grandes pensadores españoles del siglo XX, el discípulo de Ortega, Julián Marías. Recuerdo haber leído varios artículos suyos en los que planteaba una cuestión de viva actualidad: ¿qué ocurre en la sociedad cuando no se respeta la verdad?

Estamos viendo con qué facilidad y descaro se miente en la vida pública. Cosas que se afirman tajantemente y días después se demuestra que es falso. Y no se trata de temas sin importancia, sino de asuntos y personas con cargos relevantes en política. Y una vez descubierta la falsedad, la persona que miente no se desmiente; deja que el tiempo lo olvide o dice lo contrario de lo que dijo antes o con un nuevo eufemismo encubre la verdad.

Los ejemplos se multiplican cada día. “La carta de extorsión de ETA es anterior a la tregua”. Pues no; se ha demostrado claramente que es posterior. “No ha habido contactos con ETA. Se lo digo otra vez: no, y no” . Pues se ha demostrado que sí los ha habido y desde hace tiempo; así lo reconocen los mismos que repitieron el no. “He sido agredido violentamente, me dieron patadas, puñetazos”. Pues se ha demostrado en juicio que no hubo agresiones Y algún policía se jugó el puesto por decir la verdad. “No tenemos información sobre los más de 1.500 inmigrantes muertos en pateras que salían de Mauritania hacia las islas Canarias” . Y al día siguiente se publicaba la nota de la Guardia Civil en la que desde hacía tiempo informaba al gobierno sobre el hecho. “La OPA Gas Natural con Endesa es un asunto de empresas y el gobierno no interviene”. Los hechos y también las palabras han puesto de manifiesto que miembros del gobierno han intervenido en la operación.

Así podríamos seguir con una lista interminable. Sobre todo si entramos en las declaraciones sobre el gravísimo atentado del 11M, donde las mentiras y pruebas falsas se han acumulado, creando una confusión en torno a los hechos que es caldo de cultivo ideal para echar la culpa a los que ya no pueden hablar porque murieron en Leganés. En todos los casos, pero más en éste, la verdad nos interesa a todos.

Lo más curioso –y dañino al mismo tiempo- es que el mentir, sea ante el Parlamento o ante un tribunal o ante un medio de comunicación, sale gratis. Aún más, es rentable, porque hay gente y medios predispuestos a dejarse engañar cuando la mentira va en favor de sus propios intereses o postulados ideológicos y partidistas. Eso es lo que importa, mucho más que la verdad. Por otro lado, si tenemos por delante una causa tan justa como la paz o la reorganización de España o la ampliación de derechos a la ciudadanía, en estos casos y otros muchos, se piensa que el fin justifica los medios, aunque no se diga abiertamente. La verdad no importa tanto; se puede manipular, esconder, tergiversar, hasta reinventar.

¿Qué ocurre cuando no se respeta la verdad? Siguiendo la argumentación de Julián Marías, sobre la mentira nunca se construye cosa buena para la sociedad. Está demostrado por la experiencia. Aunque a corto plazo pueda ser rentable para algunos, a medio y largo plazo es siempre pernicioso para el bien común. Y lo que es peor, se extiende como una plaga la conciencia social de que la verdad no importa; lo que importa es la ventaja que cada uno puede obtener para sí o para su grupo.

Todo se explica. La verdad no importa para quienes están bien situados en una actitud relativista de la vida. Es más, la verdad no existe; se construye a la medida de cada uno. Por ejemplo, respecto al matrimonio. ¿Por qué tiene que ser entre un hombre y una mujer? Vamos hablar de “ampliación de un derecho”, y no importa que tal derecho no exista. Puestos a ampliar derechos, que es muy “progresista”, hasta los monos tienen derechos humanos.

O respecto al embrión humano, vamos a llamarlo “pre-embrión” en las dos primeras semanas y deja de ser un ser humano en el primer estadio de su evolución. O respecto al aborto, vamos a llamarlo “interrupción voluntaria del embarazo” y deja de ser causa de muerte a un ser humano ya vivo. Este no reconocer la verdad de la naturaleza humana tiene sus consecuencias. Es famoso el dicho de “Dios perdona siempre, los hombres algunas veces, la naturaleza nunca” . Al final la naturaleza, la verdad de los hechos, la realidad en sí misma, pasa factura. Y las consecuencias no afectan sólo a los que tergiversan la verdad, sino a todos.

En otro orden cosas, la verdad tampoco importa. Lo que importa es lo políticamente correcto. Por ejemplo, parece importar mucho la defensa de la mujer y desde luego se ha luchado con razón para hacer valer sus derechos. Pero ¿por qué no salen grupos feministas y sectores que los apoyan frente a la mayor postración de la mujer que sabemos es una humillante realidad en países que todos conocemos y en culturas donde la mujer no cuenta? Si lo que importa es la verdad del reconocimiento de la mujer, que se diga claramente y con fuerza allí donde la mujer está más infravalorada.

Hablemos también de religión. Si lo que importa es la verdad del respeto al sentimiento religioso de las personas en todo el asusto de las viñetas sobre Mahoma, ¿por qué esa verdad deja de existir cuando se trata del sentimiento religioso de los cristianos? Podemos hacer una lista interminable de casos en los que de forma descarada y soez se ha hecho burla de la religión cristiana y de la Iglesia en determinados medios de comunicación. De la Iglesia se pueden decir todas las barbaridades que a uno se le ocurran; para algunos –incluso para algunos llamados teólogos- es signo de identidad progresista. Pero hablar mal de otra religión es políticamente incorrecto. Por eso la pregunta: ¿es la verdad lo que importa o se esconden otros intereses que importan más que la verdad?

Por el bien de la sociedad hemos de hacer lo posible para que se respete la verdad. Porque la verdad sí importa, y mucho. Para nosotros los cristianos la verdad tiene mucho que ver con nuestra fe en Dios. El mismo Jesucristo se identifica con la verdad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Y nos dice claramente el efecto benéfico de la verdad: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Apostar por la verdad es poner luz en la vida: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Por el contrario, “si mentimos y no practicamos la verdad, andamos en tinieblas” por la vida (1 Jn 1, 6). Y “si un ciego guía a otro ciego, los dos caen en el hoyo” (Mt 15,14).

En resumen, mal futuro le espera a una sociedad donde no se respeta la verdad y donde la verdad no importa. Aquello de “queremos saber la verdad” tiene hoy plena actualidad en muchos casos que todos tenemos en la mente. Si queremos servir al bien de la sociedad, hagamos valer la verdad, defendamos siempre la verdad y no dejemos que otras causas e intereses se antepongan a la verdad.

El hijo, ¿don o derecho?

El hijo, ¿don o derecho?
Fernando Pascual, LC
Profesor de Filosofía en el Ateneo Pontificio
Regina Apostolorum

 

http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=12234&idNodo=-5


Que unos esposos quieran tener un hijo parece lo más normal del mundo. Que lo quieran tener “a cualquier precio” puede llevar a serios problemas éticos.

La técnica ofrece hoy muchas posibilidades para ayudar a quienes desean tener un hijo. Pero no todas las técnicas son igualmente buenas. Conviene valorarlas según varios criterios: económicos, psicológicos, sociales, biológicos, éticos.

Si dos esposos no pueden tener hijos, lo primero que habría que buscar es curar las causas de la esterilidad (de él, de ella, o de los dos a la vez). Según estudios recientes, alrededor de un 70 % de parejas estériles pueden recuperar, con la ayuda médica, la fecundidad. Pero si esto no resultase posible, el recurrir a técnicas que implican sustituir a uno de los esposos con un “donante anónimo” (en las así llamadas técnicas heterólogas) no parece una solución adecuada, porque hiere, de un modo no siempre consciente y claro, a aquel esposo o esposa que se siente sustituido a la hora de lograr la concepción del hijo.

En efecto, un hijo que nace de un donador extraño al matrimonio depende, biológicamente, de un padre o de una madre desconocidos, y ello puede influir muy negativamente en la vida de la pareja, aunque al inicio los dos digan que están de acuerdo con el método escogido.

A pesar de estos inconvenientes, hay clínicas que ofrecen la “solución” del recurso a los donadores anónimos de esperma o de óvulos, como si esto fuese algo “normal”. No parece, sin embargo, algo normal que un niño no pueda saber quién es su verdadero padre o su verdadera madre. No pueden saberlo ni siquiera los padres legales (los que han pedido la fecundación heteróloga).

Alguno dirá que en el adulterio puede pasar algo parecido: nace un niño que proviene de alguien ajeno al matrimonio. Sin embargo, incluso en esos casos la madre puede llegar a recordar de qué persona ha nacido su hijo. En la fecundación artificial heteróloga, sin embargo, sólo el hospital o las autoridades públicas, si llevan los registros adecuados, saben quiénes son los verdaderos padres de la nueva criatura.

El secreto acerca de un dato tan importante como el del propio origen genético no parece ni justo ni democrático en un mundo que quiere ser libre y que defiende, con numerosos acuerdos internacionales, los derechos del niño. Entre ellos encontramos el siguiente: “El niño será inscrito inmediatamente después de su nacimiento y tendrá derecho desde que nace a un nombre, a adquirir una nacionalidad y, en la medida de lo posible, a conocer a sus padres y a ser cuidado por ellos” (Convención sobre los Derechos del Niño, Asamblea General de la ONU, 20 de noviembre de 1989, artículo 7).

En un nivel distinto del anterior, hay que recordar que no pueden ser justas aquellas técnicas que impliquen daños en los embriones, o, incluso, que planeen la destrucción de los que “sobren”. Esto ocurre con frecuencia cuando se hace recurso a la fecundación in vitro (FIV), en la que se fertilizan bastantes óvulos con el fin de asegurar un mayor porcentaje de éxito. Los embriones que sobran, o son congelados para ver si los padres deciden acogerlos en un nuevo intento de embarazo, o son destruidos, si es que no son “vendidos” o regalados, como se regalan los alimentos que llegan a su fecha de caducidad en los grandes supermercados... No puede ser buena una técnica que toma a los seres humanos como un objeto sin valor o como un pobre animal minúsculo con el que se pueden hacer experimentos (aunque estén regulados por “normas muy estrictas”).

Los esposos deben comprender que buscar un hijo “a cualquier precio” no puede ser algo bueno, si en ese “precio” se incluyen desórdenes como los que hemos mencionado antes. El hijo es un don, es algo que se recibe, que no se merece. Los dones se aceptan con respeto, con cariño, con responsabilidad. Si el hijo se convierte en un objeto fabricado por la técnica o es conseguido de un modo injusto o violento, los padres corren el riesgo de verlo como una posesión más, como el abrigo que hoy se compra y mañana queda olvidado en un armario. Por lo mismo, técnicas como la FIV o la ICSI (microinyección intracitoplásmica de espermatozoides), que implican una concepción de seres humanos en laboratorio, por la acción de los médicos que trabajan sobre las células reproductoras, implica un dominio sobre la vida que no puede recibir un juicio ético positivo.

El don, en cambio, interpela a la acogida en un clima de respeto y de amor. De este modo, si Dios así lo quiere, cada hijo también podrá llegar un día a ser un nuevo padre o madre en el mundo de los humanos. Podrá, además, respetar y querer a los padres que lo amaron por lo que era, sin permitir que fuese “producido” según planes prefijados con la mirada atenta de científicos expertos, pero no siempre capaces de reconocer la dignidad de cada uno de los embriones que manejan en sus laboratorios.

Cuando no llega el don, cuando no es posible que nazca el hijo, no se priva a los esposos de algo a lo que “tenían derecho”. Podrán vivir entonces su amor de un modo especial, distinto del de la mayoría de los que sí pueden tener hijos. Tal vez podrán adoptar un niño, pero siempre en función del bien del pequeño, y no simplemente para satisfacer los propios deseos personales.

La vocación al amor pide a los esposos aceptarse hasta la muerte, “en la salud o en la enfermedad”, en la esterilidad o en la pobreza. Es cierto que fracasan matrimonios con hijos y que fracasan matrimonios sin hijos. Pero también es cierto que los unos y los otros pueden triunfar, pueden vivir el amor hasta el final. A todos se les pide una generosidad total, sin la cual no es posible el éxito de ningún matrimonio. Así es el verdadero amor, sin condiciones. Así una pareja, con o sin hijos, puede llegar a vivir, con plena madurez, su mutua donación, quizá incluso más allá de la muerte...

La concepción humana: ¿un simple dato científico?

La concepción humana: ¿un simple dato científico?
Fernando Pascual, LC
Profesor de Filosofía en el Ateneo Pontificio
Regina Apostolorum

http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=12391&idNodo=-5



Cada vida humana inicia a través de un proceso sumamente complejo, que avanza entre continuas disyuntivas: hacia nuevas etapas de vida o hacia el camino irreversible que lleva a la muerte.

La inmensa mayoría de los seres humanos empezamos la aventura del vivir desde el encuentro de dos gametos, uno paterno y otro materno: es lo que podemos llamar “concepción” o fecundación. La penetración de un espermatozoide en el citoplasma de un óvulo permitió el momento “cero”, la fase inicial: empezó a existir un nuevo ser humano. Luego siguió un desarrolló regulado por leyes concretas, según etapas más o menos definidas: el desarrollo intrauterino, el desarrollo post-parto, las demás etapas hasta llegar, si todo ha ido bien, hasta la vida adulta y la vejez.

Obviamente, no todos los procesos llegan a completar su ciclo propio ni lo hacen según las modalidades más comunes: existen innumerables variantes y situaciones que permiten que muchos procesos queden truncado de modo precoz.

Intuimos en seguida que estos datos, comprensibles por la ciencia, suponen también una serie de elementos extracientíficos. Por ejemplo, acoger una terminología con significados más o menos precisos; aceptar la validez del recurso a ciertos instrumentos como fuente segura de conocimientos; interpretar los datos observados en un contexto comunitario (no sin razón se habla de “comunidad científica”) y desde ideas más o menos definidas.

El estudio científico sobre el ser humano está, por lo tanto, en un contacto fecundo con aquellas reflexiones que las ciencias humanas, la filosofía, la religión, y otras disciplinas, ofrecen a la hora de explicar lo que significa “ser hombre”. Es cierto que un biólogo puede decir que la fecundación humana sigue más o menos los mismos mecanismos que se dan en otros mamíferos similares a la especie humana. Pero el biólogo sabe que toda fecundación en el mundo humano está rodeada de un contexto cultural que va más allá de lo que pueda decir su ciencia empírica.

Así, por ejemplo, una concepción puede ocurrir a raíz de una relación sexual entre esposos que se quieren, o entre esposos que viven en una dramática situación de violencia doméstica, o entre novios, o entre amigos ocasionales, o como resultado de una violación, o a raíz de una inseminación artificial, o desde la fecundación in vitro (FIVET) o desde la ICSI (microinyección intracitoplásmica de espermatozoides). Cada una de estas modalidades puede tener un número elevado de “variantes” (edades de los padres, circunstancias humanas en la historia de la mujer, del varón, de la familia, de la ciudad, del país, etc.) que superan en mucho la frialdad del dato científico.

Esta simple enumeración nos hace ver que cada concepción humana queda enmarcada en una enorme cantidad de dimensiones extracientíficas. Considerarla simplemente como un evento más en el mundo de los intercambios entre seres vivos del planeta significa aplicar una óptica reductiva y empobrecedora. Una óptica que, según algunos, sería propia de la “seriedad” del método científico, pero que en realidad muestra cómo, al hablar del ser humano, el científico necesita reconocer que está delante de “algo” que va mucho más allá de lo que pueda ser visto desde el microscopio y desde los análisis de componentes químicos.

Querer prescindir de ese “algo” en nombre de la ciencia no es más que una curiosa falacia. En el fondo, implica asumir un presupuesto filosófico implícito: “la ciencia debe limitarse a estudiar al embrión (ahora lo llaman pre-embrión si no ha llegado a los 14 días de vida) desde una perspectiva neutral para alcanzar conocimientos válidos y universalizables, lo cual implica excluir cualquier interferencia no científica en la realización de los experimentos sobre embriones”. Tal presupuesto va más allá de la ciencia, supone el uso de una visión filosófica concreta, en la que quedan excluidas otras perspectivas filosóficas y antropológicas de importancia.

Se hace necesario, por lo tanto, escuchar voces de otras instancias humanas. Especialmente de la filosofía y de las religiones, que han evidenciado durante siglos la singularidad del hombre entre las formas vivientes que compartimos el mismo planeta tierra, que han exigido para nuestra especie un trato “privilegiado”. Las elaboraciones de teorías éticas y de legislaciones destinadas a una mayor tutela de la vida humana son algunos de los mejores resultados de esta comprensión filosófico-religiosa de la dignidad del hombre. Allí donde tal comprensión es puesta entre paréntesis por presupuestos de tipo materialista y reduccionista, se producen graves atropellos sobre millones de seres humanos, que pueden ser tratados con graves formas de brutalidad y de violencia (abortos, infanticidios, genocidios, etc.).

El origen de cualquier vida humana no puede ser, por lo tanto, objeto de un simple estudio de laboratorio. En el hombre hay algo muy peculiar, que el mundo antiguo y medieval denominó con la fórmula “alma espiritual”. Tal peculiaridad nos lleva a estudiar y reflexionar sobre la reproducción (mejor sería hablar de “procreación”) humana con presupuestos éticos irrenunciables, so pena de caer en mentalidades que vean a los hombres (en su fase embrionaria, fetal, infantil o adulta) simplemente como “medios” para el progreso científico o para satisfacer los deseos de algunos grupos de poder. Grupos de poder que buscan someter las vidas de los más pequeños e indefensos en función de intereses que nunca pueden justificar la muerte de ningún ser humano.

Podremos evitar nuevos abusos, experimentos sobre embriones, fetos, niños, adultos o ancianos, con la ayuda de una sana filosofía. Hoy es, quizá, una de las tareas más urgentes. Para nuestro bien y el de las generaciones futuras.

 

 

¿Un embrión vale sólo si es útil?

¿Un embrión vale sólo si es útil?

Mujer Nueva
Bosco Aguirre
22-05-2006

http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=12382&idNodo=-7


Fabricamos zapatos y corbatas, relojes y pulseras, tenedores y cuchillos. Si un producto no sirve, se tira. Aunque se haya perdido tiempo en su producción, aunque la empresa pierda un poco de dinero. Todo su valor residía en su utilidad, y si no hay utilidad el producto “no vale nada”.

Pronto será posible “fabricar” embriones con características predeterminadas, embriones que algunos han llamado “bebés-medicamento”. Esta novedad técnica ya es una realidad, y no faltan las primeras leyes que van en esa línea, como la aprobada recientemente en España.

De este modo, nos dicen, se promoverá el desarrollo de la medicina, serán curados muchos enfermos, quedará satisfecho el deseo de algunos padres de familia.

Los así llamados “bebés-medicamento” nacerán a través de un proceso muy sencillo. Una familia, por ejemplo, tiene un hijo necesitado de un transplante de tejidos. Se “producirían” en el laboratorio varios embriones in vitro a partir de los óvulos y espermatozoides de los esposos. Esos embriones pasarían por diversos análisis para seleccionar aquel o aquellos embriones que tengan las características deseadas, que sean “útiles”. Ese embrión (o esos embriones) serán transferidos luego en la madre, y así podría nacer un “niño útil” que, con algunos de sus tejidos, curaría a su hermano.

¿Y los embriones que no reúnan las características deseadas? Esos “embriones inútiles” serán guardados indefinidamente en el congelador, a más de 190º bajo cero, o serán destruidos después de algún tiempo y (así nos dicen) en el respeto de las máximas “garantías” legales y éticas. O quizá, si tienen mucha suerte, podrán ser salvados, si alguien les descubre algún valor, algún interés, alguna “utilidad”.

De este modo, un grupo de embriones serán analizados y seleccionados bajo la lógica de la producción y de la utilidad técnica. En otras palabras, serán tratados de un modo o de otro según lleguen a satisfacer un deseo, según posean o no ciertas características, según sirvan para curar o para investigar. El embrión o los embriones “valiosos” serán respetados y tratados con suma delicadeza, los demás serán discriminados, serán manipulados como si se tratase de seres humanos de menor importancia.

Nos dirán, y es verdad, que con estas técnicas se curarán cientos de enfermos, niños y también adultos. Pero al mismo tiempo tendrían que decirnos que serán eliminados cientos de embriones. No es correcto airear beneficios reales y ocultar una injusticia que va contra el principio de igualdad.

La justicia se basa sobre un presupuesto básico: todos deberíamos ser iguales ante la ley. Si una ley permite que un grupo de embriones humanos (de hijos, que esa es su definición más completa) sea sometido a un trato discriminatorio, tal ley permite una grave forma de injusticia. Aunque a través de la misma otros sean beneficiados: ¿no es ese el mayor drama de toda injusticia, que unos ganan porque otros pierden?

Hay que abrir los ojos a la verdad: cada embrión es un ser humano, es un hijo, digno de respeto. Por eso mismo, es necesario y justo oponerse a cualquier ley que permita un trato discriminatorio de los embriones: unos salvados y otros destinados a usos no bien definidos.

Tal oposición, desde luego, debe ir acompañada por la búsqueda de alternativas justas y éticas para un genuino progreso de la medicina: para que muchos niños enfermos puedan ser curados; y para que ningún ser humano (embrión, niño o adulto) sea tratado simplemente como un producto a merced de técnicos o de médicos sin escrúpulos.

El verdadero progreso pasa por la ética. Es entonces cuando la investigación dignifica al ser humano. Conviene recordarlo, por el bien de nuestros hijos, que valen siempre por lo que son, no por la posible utilidad que descubramos en ellos; y por el bien de los adultos que queremos un mundo capaz de defender también la vida de los más pequeños seres humanos: nuestros embriones.